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sábado, 28 de agosto de 2010

LA FÁBRICA DE LA ARQUEOLOGÍA FRANQUISTA (1939-1956)

Ricardo González Villaescusa
Versión castellana del texto aparecido en Nonfiction.fr

Francisco Gracia Alonso,  La arqueología durante el primer franquismo (1939-1956), Bellaterra, Barcelona, 2009, 551 páginas.

En una ingente obra de medio millar de páginas y pequeños caracteres el autor hace un profundo ejercicio de reflexión sobre las condiciones y circunstancias históricas del marco institucional y legal de la arqueología oficial de los primeros 17 años de la dictadura de Franco. La investigación se inscribe en la corriente de reflexión y de acción civil sobre la llamada “recuperación de la memoria histórica” protagonizada por los “nietos” de la guerra civil (1936-1939) y por las corrientes historiográficas europeas que reflexionan sobre la praxis arqueológica en la Alemania nazi y en los territorios ocupados en el periodo de la segunda guerra mundial (1).

Antes de la Guerra: una arqueología influida por la escuela alemana

La tesis principal que consigue demostrar el autor es que los fundamentos teóricos y la práctica científica de la arqueología ejercida en la España posterior a la contienda serán las mismas que la practicada antes de 1936. Una arqueología deudora de la escuela alemana desde principios del siglo XX, y personificada en una burguesía formada principalmente en aquél país, al igual que la inmensa mayoría de los intelectuales de la denominada “generación del 14”(2); circunstancia que se revelaría en contradicción en el posicionamiento a favor de los aliados de este grupo(3). A pesar de las profundas diferencias ideológicas, a pesar de la contienda que fracturó al país, a las familias, a las personas y a los personajes centrales de este libro (que bien podría constituir el material documental de una novela o un film histórico), tras el paréntesis objeto de estudio del libro (1939-1956), la continuidad académica con el periodo anterior a la guerra será la norma.

El paréntesis falangista (1939-1956)

¿En qué consistió, pues, este paréntesis? En la práctica muy personal y autoritaria de un arqueólogo falangista y de filiación nazi, Julio Martínez Santa Olalla, hijo de un general amigo del caudillo, que aprovechará los años de la postguerra española y de reconstrucción del país en todos los órdenes, durante la coyuntura bélica en que tiene lugar la guerra mundial y la inmediata postguerra, para reconstruir el marco institucional y legal, la red de inspectores, así como la reanudación de las excavaciones arqueológicas.
J. Martínez Santa Olalla con Himler

Para cumplir su objetivo de instaurar una arqueología de corte falangista al servicio del régimen, Julio Martínez Santa Olalla se basó fundamentalmente en tres pilares: en primer lugar su comunión ideológica con el régimen nazi que le condujo a un trato personal con Himmler, jefe de las SS y de la Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte‚ Deutsches Ahnenerbe e.V.(4), más conocida como la Das Ahnenerbe; en segundo, su posición personal de relación directa con el régimen y con Franco; y, finalmente, la posición oficial española frente al conflicto mundial, colaboracionista con las potencias del Eje en un primer momento y más “neutral” conforme el final de la guerra se inclinaba del lado de los aliados.


Pero contó con tres grandes enemigos que darían al traste con sus pretensiones: en primer lugar él mismo, con su carácter autoritario y resentido con la academia consiguió ponerse en contra a la inmensa mayoría de los arqueólogos del mundo académico; en segundo lugar, la coyuntura internacional tras Yalta y la guerra fría que hicieron que las potencias occidentales dirigieran su mirada a un país no aceptado inicialmente en el seno de las Naciones Unidas por su régimen fascista pro Eje, como un país que contenía la expansión comunista en el mundo; y, en tercer y último lugar, el colectivo de la academia que, formado fundamentalmente en la misma tradición liberal de la ciencia alemana que el propio Santa Olalla, no veía con buenos ojos la visión maximalista e intervencionista de un estado burocrático como pretendía Santa Olalla, a imitación de “herencia ancestral”.

Algunas reservas formales

La obra es indispensable para la comprensión del origen de la arqueología practicada en la España franquista posterior al aislamiento de la inmediata postguerra o, incluso, para la más reciente. Apreciamos en una obra de estas dimensiones un defecto formal que no es menor. El autor consigue darnos de forma absolutamente convincente el contexto ideológico y personal de los protagonistas, las luchas de poder, las razones de las decisiones entre bastidores de los diferentes responsables de la arqueología franquista, gracias a la ingente documentación consultada (legados, correspondencia, archivos públicos y personales…) amplia y correctamente referenciada en el capítulo “Fuentes Documentales”. Echamos de menos, sin embargo, una mayor referencia en el texto a todos estos documentos que podría haber hecho más pesada la lectura del mismo (quizá sea la razón que llevó al autor a optar por el formato editado definitivamente, aunque podría haberse solucionado con un sistema de citas a final de cada capítulo) pero que evitaría la sensación de leer un “relato” sin la argumentación y aparato crítico al que estamos acostumbrados. Es más, desprovistos de éste, y con la única ayuda del listado final “Fuentes Documentales” agrupadas por capítulos, es imposible atribuir a una u otra documentación muchas de las afirmaciones, escritos, cartas o documentos integradas en el cuerpo del texto. Haciendo dificultoso, pues, volver a consultar los originales en el caso de una continuidad de esta investigación, lo cual, no solo es deseable sino necesario. En el mismo orden de observaciones, algunos de los enormes listados de subvenciones de excavación acordadas podrían haberse incluido como apéndices al final del volumen. Sin embargo, habría sido del todo aconsejable que se anunciara debidamente que el capítulo 7 es la reproducción íntegra de un artículo del mismo autor aparecido 6 años atrás(5). Es precisamente este capítulo el que hace imposible leer con los mismos ojos los dos volúmenes, indispensables por otra parte, sobre las Necrópolis de Ampurias(6).

Historiografía arqueológica franquista

No obstante, a juicio de quien escribe estas líneas la mayor carencia de la obra es de una visión ampliamente historiográfica. El contexto ideológico, la trama personal y el imbricado institucional están bien definidos, pero a pesar del continuismo formulado y demostrado por F. Gracia, hubiera sido necesaria la correlación de todo ello con la historiografía y la producción bibliográfica de los protagonistas. Es probable que el autor de referencia en España sobre esta temática haya preferido dejar para un ulterior estudio las consecuencias bibliográficas de las posiciones ideológicas o las corrientes teóricas de los diferentes autores, pero me parece difícil aceptar que no puedan apreciarse diferencias y matices en los escritos de P. Bosch Gimperà, M. Almagro Basch o J. Martínez Santa Olalla (frutos de un mismo ambiente y formación académica) atribuibles al contexto social, político por el que transcurrieron sus biografías. Nada se dice, por ejemplo, del Historicismo en el que se encontraba inmersa por entonces la arqueología, corriente ligada íntimamente a la del Difusionismo en antropología. Relaciones que harían, quizá, más comprensibles el hecho de que el único apoyo internacional del fascista Santa Olalla fuera el del marxista V. Gordon Childe. Tampoco es evidente, aunque algún día merecerá la pena intentarlo, que pudiera entenderse con la ayuda del análisis historiográfico que la única visión de interpretación globalizante propuesta hasta entonces, como fue el Historicismo, practicada subsidiariamente por la escuela española de arqueología de principios del siglo XX, debido al filogermanismo de sus élites intelectuales, encontraran su eco en otra visión de carácter holístico como fueron las interpretaciones de Gordon Childe y sus propuestas relativas a las relaciones entre tecnología y civilización, y, especialmente, sus trabajos sobre los arios(7).

Un análisis historiográfico en profundidad de la producción de la arqueología franquista demostraría probablemente que las temáticas recurrentes de Santa Olalla (los visigodos hispanos como testimonio de la relación milenaria de España y Alemania y de la expansión germánica fuera de su foco geográfico de origen y los guanches canarios como descendientes de los arios de la desaparecida Atlántida) eran impúdicamente subalternas de Das Ahneberbe, a diferencia del arqueólogo de cabecera de B. Mussolini, Luigi Maria Ugolini, cuyas investigaciones pretendían legitimar una hegemonía transadriática  que se retrotraía al pasado imperial romano. En ese sentido queda bien patente que la función de la institución arqueológica de las SS no era otra que la de proporcionar “outils performants au service d’une idéologie bien précise... propagande raciale, exploitation coloniale des pays conquis...”(8) como no sólo se hace bien patente en la simpatía dispensada a Santa Olalla por el propio Himmler, sino también en la lamentable escena en que, esperando la visita del jefe de las SS en las excavaciones de la necrópolis visigoda de Castiltierra (Segovia), los arqueólogos se apresuran a encontrar campesinos altos o rubios para demostrar hic et nunc la continuidad racial de los visigodos.

Un libro necesario

En cualquier caso, llama la atención el que la más nacional(ista) de las ciencias humanas, la disciplina científica y los científicos que, junto a la biología y los biólogos, más contribuyeron a la legitimación e investigación científica del III Reich sea la que más regulación requiere para su práctica por el Estado. No deja de llamar la atención que, tanto el gobierno legítimo de la II República como las autoridades de las zonas en conflicto cuyo patrimonio arqueológico podría ponerse en peligro y, posteriormente, los gobiernos de Franco (al menos de boquilla), se aplicarán con dedicación y esmero a la protección de los vestigios arqueológicos. Poniéndose en evidencia, por ejemplo, en el reconocimiento explícito de la actividad arqueológica de la República o de Bosch Gimperà por parte de Santa Olalla. O, implícitamente, en la continuidad de M. Almagro de la actividad iniciada por Bosch en Ampurias antes de la contienda y su encumbramiento como referente nacional en el extranjero, lo que le valdrá la cátedra de la Universidad de Madrid.

Del mismo modo, los útiles legales, reglamentarios e institucionales que se empiezan a poner en marcha a principios de siglo (inventario, investigación, intervenciones de urgencia, restauración, publicación, divulgación…) de las administraciones de uno y otro signo son los que se han mantenido vigentes en modelos de fuerte intervención estatal hasta la aparición en los últimos veinte años del neo-liberalismo y de la llamada arqueología liberal. Las radicales afirmaciones de Santa Olalla sobre la ineficacia de excavar sin publicar o sin restaurar los bienes recuperados, o sobre la innecesaria consignación presupuestaria sobre excavaciones si de la actividad arqueológica no se derivaban las consiguientes publicaciones y puestas en valor,  siguen llenas de una actualidad que perturba. Desconcierto que solo puede entenderse en el contexto de “une science au service des masses, fortement subventionnée et contrôlée par l’État totalitaire”(9). No en vano Santa Olalla tildaba con desprecio a sus adversarios de la Academia de “liberales”: el monárquico marqués de Lozoya , a la sazón director general de Bellas Artes y jefe superior en el escalafón administrativo; Martín Almagro Basch originario de una acomodada familia aragonesa o el liberalismo confeso de su antiguo maestro P. Bosch Gimperà, posiciones que irán abriéndose camino en el régimen conforme fue cambiando el contexto internacional.

¿Esa será la arqueología imperante en la España del boom económico y del desarrollismo liberal y opusdeista? Otro libro de F. Gracia o de sus alumnos podría responder a la pregunta. No en vano, la resistencia de la arqueología desde los momentos finales del franquismo y de los primeros años de la democracia reaccionó contra una arqueología oficial sin recursos y de acumulación de datos positivos exclusivamente procedentes de la excavación (en la versión más decadente del Hstoricismo de corte alemán) aceptando las influencias del neo-evolucionismo izquierdista de origen anglosajón de L. A. White o de J. H. Steward, aceptando los postulados ambientalistas y desplazando el objeto de interés del sitio, del yacimiento, a la información off site, y el consiguiente mayor recurso a la prospección como fuente de conocimiento en la comprensión de la implantación de las sociedades en el medio físico.

Se trata, pues de un libro necesario. Necesario para los arqueólogos españoles que pueden, así, conocer el acta de nacimiento de su disciplina y de los protagonistas de la misma. Necesario para el ciudadano que, a través del ejemplo de una ciencia y la práctica administrativa de ésta en permanente peligro por la injerencia del poder(10), puede apreciar cómo se produjo la “transición” a través de la depuración de, incluso, los conserjes de los museos en función de los informes policiales que detallaban las filias ideológicas como la afiliación sindical previa a la guerra.

A veces, a la generación de los “nietos” de la guerra se nos ha pretendido mostrar la cara más amable y liberal del régimen de Franco. Esa cara más amable se pretende renacer con proyectos historiográficos donde se canalizan temáticas a través de proyectos editoriales revisionistas como la revista Historias de Iberia Vieja donde tienen especial cabida las temáticas que ya interesaban a Santa Olalla. Libros como este desmienten sin dogmatismos esa cara amable.

(1) I. Bardies, J.-P. Legendre, B. Schnitzler (dirs.), L’archéologie en Alsace et en Moselle au temps de l’annexion (1940-1944), Strasbourg-Metz, 2001; A. Schnapp, L’autodestruction de l’archéologie allemande sous le régime nazi, Vingtième Siècle. Revue d'histoire, 2003/2, nº 78, p. 101-109; J. Chapoutot, Le national-socialisme et l'Antiquité, Presses universitaires de France, París, 2008 (véase la reseña de A. Pédron en Nonfiction, L'Antiquité détournée)
(2) M. Menéndez Alzamora, La Generación del 14. Una aventura intelectual, 2006.
(3) M. Fuentes Codera, Los intelectuales españoles y la Gran Guerra: ¿un caso excepcional?, Storica. Rivista quadrimestrale, núm. 46, 2010, pp. 54-57.
(4) “Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana”.
(5) Arqueología de la memoria. Batallones disciplinarios de soldados-trabajadores y tropas del ejército en las excavaciones de Ampurias (1940-1943), in C. Molinero, M. Sala y J. Sobrequés, eds., Una inmensa prisión. Los campos de concentración y las prisiones durante la Guerra Civil y el franquismo, Barcelona: Crítica, 2003, 37-59.
(6) M. Almagro Basch, Las necrópolis de Ampurias, Barcelona, 1953.
(7) The Aryans: A Study of Indo-European Origins, 1926.
(8) A. Schnapp, L’autodestruction de l’archéologie…
(9) A. Schnapp, L’autodestruction de l’archéologie…
(10) Cuando escribo estas líneas es de actualidad la exhumación del cadáver de S. Bolívar.

martes, 4 de mayo de 2010

AÑOS INTERESANTES. UNA VIDA EN EL SIGLO XX

Ricardo González Villaescusa

Reseña del libro del mismo título, aparecida en Apuntes de Ciencia y Tecnología nº 11, junio 2004, pp. 52-54

En poco más de 400 páginas “el historiador vivo más conocido del mundo” pasa revista a los hechos históricos y corrientes historiográficas de la historia del siglo XX. Es difícil combinar en el oficio de historiador esas dotes de investigador de primera línea al tiempo que la capacidad de divulgar, con ese lenguaje sencillo que cuando uno lo lee piensa, absurdamente, aquello de “por qué no lo habré pensado yo antes”; aptitud pedagógica que sentencia el historiador con la siguiente frase de la página 261: “Los historiadores no deberían escribir exclusivamente para sus colegas”. La lectura se hace, pues, engañosamente simple y resulta difícil entender que tras ese lenguaje embriagador late una reflexión profunda sobre los ochenta y cinco años que transcurren entre el histórico año de 1917, fecha de nacimiento de Hobsbawn, y 2002, año de la edición original inglesa.

La historia es la más exacta de las ciencias por su inexactitud manifiesta y por la asunción de esta afirmación por quienes nos dedicamos a ese trabajo. Precisamente, E. J. Hobsbawn advierte al lector de que no se trata de una historia del siglo XX (ya realizada) ni unas memorias personales, sino de una mirada al pasado de alguien que ha hecho de esa mirada su oficio; se trata de repasar el siglo con la reflexión subjetiva de alguien que lo ha vivido plenamente desde un compromiso ético y un posicionamiento político concretos, el partido comunista. De paso, su reflexión es también una reflexión sobre la construcción de su obra y acepta sin ambages lo que acontece a la mayoría de los investigadores que realizaron una elección de los objetos de estudio “de forma intuitiva y accidental, pero que acaban siendo unidos en un todo coherente”. La perspectiva histórica consiste en que el pasado es otro país pero que ha dejado una huella indeleble en los que una vez vivieron en él, por lo que el historiador que escribe una autobiografía no sólo debe volver al pasado sino que debe confeccionar su propio mapa que le ayude a reconstruir paisajes, escenarios y vivencias que arrojan luz, no sólo sobre la propia vida sino sobre el mundo en general.

A partir de ese temprano momento del libro el historiador de oficio se siente relajado a pesar de la talla del autor por lo poco que le va a exigir su lectura, dejándose seducir por el discurso de Hobsbawn, frío por momentos ante hechos históricos vividos por un “judío no judío”, como el ascenso al poder de Hitler, y tan entrañable al ser confeso de haber vivido el siglo XX sin haberse puesto jamás unos pantalones vaqueros. Tratándose de un libro de memorias de un historiador “en el siglo XX”, la atención del lector se dirigirá fácilmente hacia aquellos capítulos de su propia historia vivida, de lectura más ágil por conocida en primera persona. Mientras que se desvelan raíces fundamentales para la comprensión de la actualidad en los acontecimientos más alejados por edad, precisamente ocurridos en momentos previos a nuestra propia existencia, o por edad. Es el caso, por ejemplo, del descubrimiento, para quien suscribe, de que el sionismo de los años 20 iba de la mano de ideas moderadas o socialistas, con la excepción de los discípulos de Vladimir Jabotinsky “que se inspiraron en Mussolini y actualmente gobiernan Israel bajo el nombre del partido Likud”.

Es probable que algunas de las afirmaciones autocríticas consigo mismo y con la opción política elegida, no sólo de vivencias y decisiones personales sino también de carácter historiográfico, ayuden también a bajar la guardia y admirar aun más al viejo historiador. Irónico, por momentos, cuando relata su paso por el rito de iniciación para todo intelectual típico del siglo XX que se preciara, en su intento “fugaz de leer y entender El capital de Karl Marx, empezando por la primera página”. Duro y clarividente, con la calificación de “rayana en la demencia política” de la tesis marcada por la Internacional Comunista a finales de los años 20 y principios de los 30, que sería seguida por los partidos comunistas (incluido partido, el KPD, y el propio historiador en su adolescencia) de que el principal obstáculo a la radicalización de los trabajadores bajo el liderazgo de los comunistas era la socialdemocracia y que, por tanto, ésta era un peligro mayor que el de la ascensión de Adolfo Hitler en la decadente República de Weimar. Cabría añadir la afirmación de otro historiador español, Santos Juliá, cuando afirma que unos, comunistas, y otros, socialistas, se dieron cuenta del error cuando se encontraron juntos en el interior de los campos de exterminio nazis. Algunos “acusarán”  y reprocharán la evolución política del autor de “socialdemócrata”, es posible…; otros de “viejo”, cuando, páginas más tarde, enlaza la idea anterior con la de que los partidos emergentes en la Alemania pre-nazi, el comunista y el nazi eran partidos de jóvenes que pretendían un cambio definitivo, rechazando a todos aquellos que entendían la política como “el arte de lo posible” y englobando en un mismo lote a nazis y socialistas. Sin embargo, reconforta apreciar en tales afirmaciones la visión retrospectiva del historiador comprometido, bien lejos de una simple evolución interesada a estas alturas, unida a  las profundas críticas al “neolaborista” Blair en numerosas ocasiones a lo largo de la obra.

El historiador de los movimientos sociales se detiene especialmente en el romanticismo del movimiento de 1968 y he de reconocer que es uno de esos momentos que uno “se” lee a sí mismo o, mejor, quisiera haberse leído a sí mismo. En los últimos años, mi convivencia con algunos de los “últimos hippies” como compañeros de departamento o mis debates historiográficos o políticos con algunos de los manifestantes activos de aquellas fechas me han llevado a la conclusión de que aquella gente no formaba parte de eso que se llama “izquierda”, aunque, claro, lo decía con la boca muy pequeña. Hoy, gracias a la lectura de Hobsbawn, puedo decirlo con argumentos. Porque Mayo del 68 y la izquierda “empleaban el mismo vocabulario aunque no hablaban el mismo idioma”. Para el 68 lo principal no era acabar con el capitalismo, ni tan siquiera con algunos regímenes opresivos o corruptos, sino “la destrucción de los modelos tradicionales de las relaciones existentes entre las personas y el comportamiento del individuo en el seno de la sociedad establecida”. Para alguien como Hobsbawn que ha dedicado su vida profesional a definir procesos revolucionarios, el contexto de 1968 no era revolucionario en ningún sentido objetivo. El autor, por aquel entonces “un rojo de mediana edad”, no compartía el optimismo generalizado aunque se viera rodeado por las luchas globales de los años 60, pero reconoce que en aquel momento nadie se percató de que los neoterroristas armados que surgieron en aquel momento fueron influenciados por la contracultura y gozaron de la simpatía incondicional de toda la izquierda: “El viejo instinto que nos impulsaba a ponernos al lado de cualquier tipo de insurrección o guerrilla que hablara el lenguaje de la izquierda, por estúpido o absurdo que fuera, no se dio por vencido.” En el lote caen todos los movimientos armados del momento, salvo el IRA Provisional, escindido del viejo IRA (Oficial) porque se había vuelto de izquierdas, en una “época en que incluso los ultras de los nacionalismos etnolingüísticas, como la primera ETA vasca, se presentaban ante el mundo bajo la vestimenta de la revolución internacional.”

Concluye el capítulo con una comparación histórica al recordar que lo que realmente transformó el mundo occidental fue la revolución cultural de los sesenta, cuando en un año mucho menos significativo en lo político, 1965, la moda francesa produjo más pantalones de mujer que faldas o, fue el año en que se extendió la proliferación de los vaqueros entre los estudiantes; de igual manera que la adopción de la gorra de visera por parte de los obreros de la industria británica entre 1880 y 1905, como signo de identificación de la clase obrera.

En lo historiográfico destaca el capítulo 17, Entre los historiadores, que comienza con una afirmación que recuerda la función social de los historiadores y de la historia: “Lo que dicen los textos escolares y los discursos de los políticos acerca del pasado, el material que utilizan los autores de ficción, fabricantes de programas y videos televisivos, todo procede en último término de los historiadores (…) Comprender la historia es importante tanto para los ciudadanos de a pie como para los expertos.” De hecho, en su visita a Madrid para presentar este libro hizo las siguientes declaraciones: "Estamos viviendo una época en que la historia tiene un papel en el discurso político, mucho más importante que antes. Pensemos, por ejemplo, en los preparativos de la Guerra de Irak, de tantos discursos sobre el paralelismo con la situación de los años 1930. Eran una absoluta locura, una tontería total, pero fueron utilizados repetidamente por los políticos que querían justificar la agresión contra Irak”.

En el repaso a la historiografía del siglo XX ubica dos corrientes como principales exponentes de la rebelión también en lo historiográfico: de un lado el materialismo histórico, el marxismo, y, de otro, la escuela francesa de Annales, que fomentaba un “pensamiento original” del pasado. Ambas, a pesar del ambiente de la Guerra Fría y de las diferencias ideológicas patentes, tomaban un mismo camino y luchaban contra los mismos adversarios: 1) El positivismo imperante o la funesta creencia imperante aun hoy en día entre muchos historiadores (con notable incidencia entre los arqueólogos) de que, si se toman los “hechos” correctamente, las conclusiones saldrán por sí solas. 2) La querencia por la historia de las clases dirigentes y las élites. Y 3) la historia “evenémentielle”, la historia del acontecimiento, la historia de la batalla y el momento histórico. Todo ello se puso de manifiesto en el Primer Congreso Internacional de las Ciencias históricas (París, 1950), al que vemos asistir a un único español, J. Vicens Vives, que crearía escuela en la nueva hornada de historiadores que hoy están jubilados o próximos a la jubilación, y que fundaría la editorial de libros de texto de mayor profusión en los institutos de secundaria en lo que a la materia de historia se refiere.

En ese contexto narra las andaduras de la revista Past & Present surgida en 1952 de los debates de la Agrupación de Historiadores del Partido Comunista, donde todos los “renovadores” de la historiografía encontraron cobijo; perdiendo, junto a Annales, influencia a partir de 1968 bajo el paso inexorable de la rebelión, también historiográfica, de la “nueva izquierda histórica” ejemplificada en el movimiento británico de la History Workshop o Taller de Historia donde, precisamente, surgió la idea, tan actual, de la historia de género con la propuesta del primer Congreso por la Liberación de la Mujer en Gran Bretaña. Para Hobsbawn aquél movimiento agrupaba a gente que entendía la historia no como una forma de interpretar el mundo, sino un medio de autodescubrimiento colectivo o, a lo sumo, de obtener un reconocimiento colectivo. Lo que le conduce a postular un momento peligroso en la actualidad en que la historia está siendo inventada, hoy más que nunca, por personas que no desean alcanzar el verdadero pasado, sino reinventar aquél que mejor se acomoda a sus objetivos. Por ello “La defensa de la historia por sus profesionales es, en la actualidad, más urgente en la política que nunca. Nos necesitan”. Para, finalmente, y a pesar de la crítica explícita del marxismo político en los países del “socialismo real”, o quizá, por ello mismo, seguir reivindicando el materialismo histórico como marco explicativo historiográfico y la necesaria llamada de atención a los jóvenes historiadores hacia la interpretación materialista de la historia, a pesar de que las actuales modas académicas de izquierdas la descalifiquen de propaganda totalitaria como lo hicieron durante la Guerra Fría.

Ineludibles, pues, estas memorias para el especialista, el profesional o el simple curioso de un testigo de excepción que ha conocido a personajes como el Che, Italo Calvino, o Pierre Bourdieu, y que no se resigna a que el mundo mejore por sí solo.