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miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA DAMA IBÉRICA, VALDÉS Y VALENCIA

Josep Vicent Lerma
Carme Salcedo

Levante-EMV, 30 de junio de 2004


Desde el mismo momento de su hallazgo el 4 de agosto de 1897 en un huerto de la Alcudia, la imagen de la Dama de Elche, fotografiada por primera vez por el propio Pedro Ibarra, ha ejercido una enorme fascinación e influjo a lo largo del pasado siglo XX sobre sobre los grandes creadores y artistas de vanguardia o no.

Fundamentalmente cartelistas, grafistas y escultores, que en ocasiones asimilaron la iconografía del célebre busto ilicitano, reproducido por el franquismo “ad nauseam” en los billetes de curso legal de 1 peseta de 1948 emitidos por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre o los sellos de 3,5 pesetas de 1969, con el sofisticado tocado de valenciana, recreado en los mosaicos modernistas de José Mongrell del mercado de Colón y la estación del Norte (1917), como en el caso de la figura alegórica del puente de Aragón, obra de los años treinta de José Terencio Farré , provista de los míticos rodetes laterales.

En este orden de cosas, las cabeceras periodísticas locales informaban el pasado 12 de mayo del comienzo tras el verano de la instalación en la rotonda de la avenida de las Cortes Valencianas, de la versión jibarizada de 18 metros de altura (?) de la “Dama Ibérica” del antiguo miembro del Equipo Crónica y ex titular de uno de los palacetes de la calle Caballeros, el internacional valenciano Manuel Valdés Blasco, compuesta por 22.000 figurillas de cerámica esmaltada, elaboradas por Lladró.

Escultura de inspiración fractal, cuyos costes estimados alcanzarían los 2,2 millones de euros, llamada aparentemente a convertirse por encima de estas minucias indudablemente no tanto en “una buena obra para Valencia” en palabras de Manolo Valdés, como en uno de los nuevos símbolos identitarios de la más que bimilenaria ciudad de Valencia del siglo XXI, cuyo montaje estará garantizado por la solvencia profesional del progresista tándem de colaboradores Rafael Rivera / Manolo Martín.

En este sentido, dados los polémicos antecedentes relativos a las ubicaciones de las esculturas públicas en nuestra ciudad, como entre otros el experimentado por “El esclavo” de José Sanleón, sacrificada por su autor en la explanada del IVAM a golpe de radial en marzo del 2000, la inicialmente denostada “Pantera Rosa” de Miquel Navarro o el irrelevante Vinatea de la plaza del Ayuntamiento. Es precisamente en este ámbito de reflexión, donde, salvadas todas las garantías hacía el principio de la libertad de creación artística de cada autor, cabe preguntarse exclusivamente desde otras disciplinas no estéticas y en cierta medida libres de los dictados de la moda o el gusto, como en este caso la Historia o la Arqueología, si una ciudad como Valencia de noble y acreditado origen romano, fundada en el año 138 a.C. por el cónsul Iunius Brutus, una vez descartada la Tyris de Nicolau Primitiu, debería en un futuro próximo ser representada emblemáticamente por esta colosal dama íbera, cuya formulación morfológica original en el territorio de Heliké se remonta al siglo V antes de nuestra era, mistificando así sus propios orígenes coloniales itálicos.

Con todo, no obstante el axioma de la intertextualidad de Todorov de que “no hay ningún enunciado que no se relacione con otros enunciados”, aparentemente caro a nuestro artista afincado en Nueva York, cuando en 1997 homenajeó a Picasso en el cartel de la Fundación III Milenio (Levante-EMV, 14-5-97), de algún modo, el propio Valdés podría estar compartiendo implícitamente esta tesis de la importancia del contexto urbano de la obra de arte, en la medida en que su imponente “Dama de Manhattan”, de estética similar a la colosal de Valencia, ha pasado a ser propiedad de la Universidad Miguel Hernández a través de la conocida galería Marlborough, ya que de acuerdo con las palabras de la vicerrectora Juana Gallar “Teníamos la intención de adquirir algo muy emblemático relacionado con Elche” (Levante-EMV, 20-3-04).

martes, 17 de agosto de 2010

APÓLOGO DE FILODEMO: LA LUNA Y LOS CANGREJOS

Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 1 de septiembre de 2004
Platón y Aristóteles.
Detalle del cuadro de Rafael: La Escuela de Atenas

Han pasado casi mil setecientos años y ahora de nuevo se escuchan los sonidos de los golpes de pico de los improvisados excavadores desgarrar la tierra en las sombrías estancias de la villa de Lucio Calpurnio Pisón, conocida más tarde como Villa de los Papiros por albergar en su biblioteca mis tratados científicos escritos en griego, custodiados por los bustos de Artemisa y Empedocles, un siglo después de haberle entregado el óbolo a Caronte.

Las primeras excavaciones en el área vesubiana fueron realizadas por el general Manuel Mauricio de Lorena Príncipe Elboeuf hacia 1713, esto es con anterioridad a los esponsales del rey Carlos de Borbón (1738), futuro Carlos III de España, con María Amalia Cristina de Sajonia, sacando a la luz pedazos de patinados bronces ecuestres.

En cambio las no menos provectas reliquias de la según el desventurado Plinio el Viejo colonia Valentia de la provincia Tarraconense, en el extremo occidente del Mare Nostrum, entre ellas diversas inscripciones de los valentini veterani et veteres y una escultura de togado romano, ya vieron la luz con más media centuria de anticipación a los afamados descubrimientos napolitanos, al vaciar las trincheras de los cimientos de la Basílica de la Virgen de los Desamparados en el siglo XVII.

Precursores hallazgos dados a conocer minuciosa y ejemplarmente el año 1653 por el adelantado Joseph Vicente del Olmo en su Lithología o explicación de las piedras y otras Antigüedades halladas en las çanjas que se abrieron para fundamentos de la Capilla de nuestra Señora de los Desamparados de Valencia.

Ahora que los genius loci vindicativos de la ley del Talión y los espíritus fratricidas de Rómulo y Remo auspiciados por los dioses lares valentinos parecen trasladarse en el funesto ferragosto a la urbe de Pompeya, en la Campania adoptiva de este filósofo seguidor de Epicuro, los viejos recuerdos traen a la mente el Mito de la Caverna de Platón: Por lo que se refiere al estado en que se encuentra la naturaleza humana con relación a la ciencia y la ignorancia, puedes hacer una comparación con el cuadro que te voy a trazar. Imagina una especie de cueva..., y unos hombres que están en ésta desde su niñez encadenados... Detrás de ellos arde un fuego cuyos resplandores los alumbra, y un camino que cruza la caverna, entre el fuego y los condenados. Supón que a lo largo de este camino ha sido puesto un muro... Figúrate ahora unos hombres que, a lo largo del muro, transportan toda clase de objetos; objetos que sobrepasan la altura del muro y que son figuras de hombres y de animales.

Donde las meras sombras de la impostura son tenidas por realidades ciertas, como los nuevos Alcubierres cansados de horadar aquí y allá las cenizas del tedio, se trasladan a otros lugares en busca de nuevas amenidades, por más que según el sabio tedesco Winckelmann la sensibilidad del ingeniero militar español, responsable real de la zapa de pozos y galerías en los sedimentos eruptivos, enviados por el ilustre cojo Vulcano el 24 de agosto del año 79, incluso con pólvora si se terciaba, tenía que ver con las Antigüedades lo mismo que la luna con los cangrejos, como los cabalgados por amorcillos pintados en la Casa de los Vetti.

 La noticia más leída en relación al tema Patrimoni de e-valencia.org:

8287 lecturas el 18 de agosto de 2010

domingo, 23 de mayo de 2010

MEDIO AMBIENTE Y SOCIEDAD. LA CIVILIZACIÓN INDUSTRIAL Y LOS LÍMITES DEL PLANETA

Ricardo González Villaescusa

Reseña aparecida en Apuntes de Ciencia y Tecnología, nº 12, septiembre de 2004

E. García, Medio Ambiente y Sociedad. La civilización industrial y los límites del planeta. Alianza Ensayo, Madrid, 2004


El día que empiezo a escribir estas líneas dos noticias preocupantes abren los telediarios: el terrorismo checheno y las inundaciones del litoral mediterráneo. El llamado “terrorismo internacional” y el cambio climático. Lo inquietante no es que el año pasado hiciera más calor que nunca. Tampoco lo es que este final del verano sea el más lluvioso del litoral noreste mediterráneo desde que existen series de datos sobre el clima. Lo verdaderamente inquietante es que las series climáticas tienen picos, anomalías, demasiado frecuentes y reiterados. Las más altas temperaturas del siglo se alternan con las riadas más devastadoras. Algo pasa a pesar de las afirmaciones de aquellos que no creen que haya elementos suficientes para hablar de un cambio climático. Tras el caluroso verano de 2003, cambio climático, es una expresión coloquial que forma parte del vocabulario de la gente de la calle, ya sin mayor discusión.

Acostumbrados a leer en otras lenguas sobre medio ambiente y sociología medioambiental, resulta infrecuente encontrar una aportación en castellano ineludible, ya, para esta disciplina. Un libro de lenguaje ameno y fluido que, sin embargo, es engañosamente sencillo pues requiere de numerosas relecturas para abarcar las múltiples implicaciones de las afirmaciones que se realizan, así como de los datos que se facilitan a lo largo de la obra. El autor no es desconocido en la bibliografía sobre el tema pero con esta aportación marca un hito relevante en su trayectoria científica.

Cuando se lee este libro se está permanentemente invadido por una desazón y pesimismo, lúcido si se quiere, pero inevitable; pero ¿no dicen que un pesimista es un optimista bien informado? Veamos por qué.

El primer capítulo está destinado a clarificar la relación entre las ciencias ambientales y la sociología. Insistiendo en la excepcionalidad de las ciencias sociales y en la irreductibilidad de la parte social en el complejo sistema “medio ambiente-sociedad”. Así, las ciencias ambientales generan una impresión compartida de estar frente a un “objeto de conocimiento que, en parte, responde a conceptos y métodos que nos resultan familiares, pero que en otra parte, que es sustancial, atraviesa las fronteras entre disciplinas, requiriendo diversas perspectivas de investigación”. Es evidente que los nuevos problemas requieren de nuevas perspectivas; pero, ante la cuestión de si estas nuevas necesidades epistemológicas reclaman una cierta reunificación de la ciencia, como postula E. O. Wilson, el autor se decanta, al igual que quien escribe estas líneas, a favor de algo más que un “asalto interdisciplinar” pero bastante menos que la reaparición de una “ciencia unificada”.

En el segundo capítulo aborda los diferentes enfoques sociológicos que se han ocupado de los estudios medioambientales, desde los inicios, pasando por el materialismo histórico y llegando al enfoque de la sociedad del riesgo del sociólogo alemán U. Beck.

El capítulo tercero lo inaugura el autor planteando los postulados que fundamentan la sociología ecológica: “a) el objeto de estudio no es la sociedad sino el sistema formado por la sociedad y el medio ambiente; b) las relaciones entre sociedad y medio ambiente dependen siempre de formas históricas concretas de la tecnología, la desigualdad social y el sistema de necesidades; c) la expansión de la civilización industrial está siendo condicionada ya por los límites de la naturaleza para suministrar recursos y absorber residuos.” Y, teniendo en cuenta estos principios se adentra en el debate de si existen límites naturales que condicionen el crecimiento y en el concepto de sostenibilidad desde el punto de vista de las ciencias sociales. Así, la principal conclusión es que se trata de una variable sociológica a tener en cuenta. En el estudio de la sociedad contemporánea el medio ambiente no puede considerarse como un fondo constante, inalterable por las acciones sociales, e irrelevante para su análisis.

El capítulo cuarto lo dedica al futuro “incierto” del concepto sostenibilidad resaltando que el éxito del mismo se debe a la ambigüedad que lo envuelve, no tanto teórico o conceptual, como política. Tanto la izquierda como la derecha pueden identificarse con la palabra, los verdes la usan como legitimación de sus denuncias y los “productivistas” como ratificación de que la prioridad del desarrollo solo requiere de algunos ajustes para que pueda darse. Sin embargo, la sostenibilidad solo depende del factor tiempo: sostenible, sí, pero ¿durante cuánto tiempo? Al final todo se reduce a intentar alcanzar un quimérico equilibrio que permita mantener los procesos socioeconómicos que sustentan el bienestar alcanzado por algunos sectores de la población mundial (y teóricamente extenderlo a otros sectores) y la conservación de los sistemas naturales que soportan la existencia social. Idea, la de sostenibilidad, imprecisa e inasible si se quiere aunque, como dice el autor, no menos que otros conceptos de la ciencia social como son democracia o justicia.

Así, en los últimos capítulos, se llega al nudo gordiano que explica la situación actual. Las sociedades industriales han atenuado los conflictos sociales gracias a una mayor presión sobre el medio, como a una externalización de los costes; sobre el mundo preindustrial y sobre las generaciones futuras. Es decir, hemos adquirido mayores niveles de bienestar no gracias a una redistribución efectiva de la riqueza sino a una mayor presión sobre aquellos que no generan conflictos sociales: el medio ambiente, las sociedades del tercer mundo y las generaciones futuras que “ni votan ni compran hoy en los mercados”. ¿O, acaso sería el mismo precio del crudo si tuviéramos en cuenta la escasez que afectará a los que heredarán la Tierra? Por tanto, la crisis medioambiental actual no es nueva sino global y acelerada.

Aunque no haya motivos para el optimismo y consciente de que el problema escapa a soluciones fáciles, el autor hace depender la sostenibilidad de tres factores básicos: la población, las tecnologías utilizadas y el consumo. En el factor población, aumentando el control demográfico, aunque eso afecta a una profunda reelaboración cultural de significado de la familia, la reproducción, la vida o la muerte, y no parece sencillo. La sustitución de las tecnologías utilizadas por otras más ahorradoras de energía y menos contaminantes (ecoeficiencia). Y, finalmente, la tendencia a una sociedad menos derrochadora. Es evidente que una pequeña parte de la humanidad consume muy por encima de lo que es bastante (suficiencia). Del equilibrio razonable entre control demográfico, ecoeficiencia y suficiencia depende la sostenibilidad.

Como quiera que las generaciones futuras no turban nuestra tranquilidad, los otros dos objetos de externalización, las sociedades preindustriales y el medio ambiente, nos devuelven, si se me permite la expresión, los conflictos” que hemos desplazado fuera de las fronteras del mundo industrial. ¿El llamado “terrorismo internacional” y el cambio climático no son un buen indicio de esa externalización de los conflictos que llevan a cabo los países industriales desde el siglo XIX y el XX?

miércoles, 27 de enero de 2010

¿QUÉ ARQUEOLOGÍA? ¿QUÉ PATRIMONIO?

Ricardo González Villaescusa

El Mundo, 20 de abril de 2004

Durante los próximos cuatro meses una villa romana descubierta en l'Enova va a ser excavada y recuperada como obliga la ley.

Deberíamos felicitarnos como lo hacen las autocomplacientes declaraciones de un Director General de Patrimonio Valenciano, David Serra, satisfecho por el "éxito" aunque, todo indica que con esas declaraciones se enmascara algo, como aquellas presas que corren en una dirección para que no se descubra a sus crías en la opuesta.

No es cuestión de entrar demasiado en subrayar el hecho de que los restos arqueológicos se valoren exclusivamente a la luz del poder que los creó: "una villa romana perteneciente a un noble patricio", un noble que aposentó sus reales en unas termas (baños, saunas) privadas, que mandó construir un templo privado con escultura, y las inscripciones sepulcrales de fino mármol de sus libertos (antiguos esclavos liberados por el señor que seguían bajo la potestas de su amo).

Hay restos más humildes en su manifestación artística y arqueológica que no son objeto de atención, recuperación, conservación y que se pierden todos los días. Incluidos, lamentablemente, los que se ha perdido o perderán, o los olvidados refugios antiaéreos de la guerra civil sobre los cuales caminamos ignorantes de su existencia y de que no existen medidas de protección y valoración de un período reciente.

Tampoco es el momento de entrar, más allá de formular el deseo, de que el registro arqueológico generado por los técnicos debe servir para algo más que para una práctica delicuescente de la arqueología, para acumular un punto más en el inventario de las villas romanas o para producir un muestrario de dibujos técnicos de los muros y piedras que dieron cobijo a sus moradores y las manifestaciones ostentosas de sus conspicuos dueños.

Estoy seguro de que los técnicos habrán habilitado y diseñado las estrategias y métodos adecuados que sirvan para generar conocimiento histórico útil sobre el período cronológico que abarca.

Entre tanto, una buena práctica de protección patrimonial debería formar parte de eso que allende los Pirineos se llama arqueología preventiva y no de urgencia (¿qué es lo que urge?) o salvamento como se pretende por estos pagos. De la información periodística se deduce que, a pesar de que algunos de los restos puestos en valor ahora se conocían desde antiguo, la importante villa se ha descubierto tarde, cuando el trazado del AVE de Cascos ya era un hecho y no puede ser corregido, como se deduce de las declaraciones a la prensa "(...) el proyecto del Gestor de Infraestructuras Ferroviarias supervisado y tutelado por los técnicos de la Dirección General de Patrimonio, se ha modificado para salvar el yacimiento (...)" (El mundo, 6 de abril de 2004).

La salvaguarda del patrimonio va a costarnos dinero público a todos por conceptos que incluyen desde la propia modificación del proyecto, al consiguiente retraso de la ejecución y financiación de las obras. Tras la satisfacción y regocijo que transmiten las noticias hay fallos de grano grueso en el inventario del patrimonio, verdadera herramienta de trabajo para su protección, que, como dijo André Malraux, creador del Servicio del Inventario del país vecino, "no es el resultado de una enumeración sino de un filtrado, de una elección científica que hace visible la obra de arte y que la individualiza a pesar de conocerse múltiples ejemplares". Si la villa es tan importante, que lo es ¿cómo no han saltado antes, mucho antes, todas las alarmas de alerta que hubieran evitado gastar el dinero público que ahora tenemos que gastar para excavar y documentar lo que obliga la ley? Y ¿cómo es que se renuncia a su musealización y conservación? Al final de todo, tan importante villa va a ser condenada a servir de cimiento para los viajeros del AVE. ¿Alguien sabría explicarme cuál es, entonces, el éxito de la operación?

Mientras tanto, el conseller Esteban González Pons propone a las Cortes una modificación de la ley de Patrimonio Valenciano que pretende regular "bienes inmateriales de naturaleza tecnológica" (sic), lo que estrictamente podría regularse mediante un simple depósito legal. Señuelo que no tiene otro objetivo que "desregular" y desproteger Bienes de Interés Cultural (BIC) ya declarados y protegidos como es el Cabanyal, con una pretendida modernidad que actuaría de verdadera protección. Juegos especulares. Sin pensar por un solo momento que la auténtica modificación pertinente en materia de patrimonio debería conducir a que la arqueología preventiva se regulase por ley como provocaron los movimientos sociales de los arqueólogos franceses en 1998, durante el gobierno de L. Jospin y como se ha mantenido en las reuniones del Foro Social Europeo celebrado en París-Saint Denis en noviembre pasado. La preservación del patrimonio es una labor de servicio público, realizada científicamente en nombre del Estado y para la sociedad. La liberalización de estos servicios no conduce a una buena gestión.

En 1995 tuve la oportunidad de trabajar en el equipo de investigación de análisis de los paisajes que atravesaba el trazado del TGV (Tren de Alta Velocidad) entre Lyon y Montpellier. Mi equipo tenía como objetivo proporcionar un análisis predictivo de los eventuales "impactos" sobre el patrimonio a los arqueólogos del terreno que realizaban las prospecciones y diagnósticos de superficie de los yacimientos que eran afectados por la línea de alta velocidad. Todas las modificaciones sustanciales que se realizaron sobre el trazado del TGV por "culpa" de un yacimiento arqueológico se hicieron previamente, codo con codo con los ingenieros, al proceso de ejecución de la obra. Los resultados de esos trabajos pueden consultarse en los tres volúmenes publicados en 2002 con el título Archéologie du TGV Méditerranée (Arqueología del TGV Mediterráneo). ¿Para cuándo un volumen de arqueología del AVE Mediterráneo?

domingo, 24 de enero de 2010

LA REFORMA DE LA LEY DEL PATRIMONIO CULTURAL O LA EXCEPCIÓN VALENCIANA

Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 21 de noviembre de 2004

“¿Qué pueden hacer las leyes donde el dinero es el único rey?” Petronio.

La aprobación en sede parlamentaria en el agitado plenario del pasado día 6 de octubre de la modificación de la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (LPCV) que da vía libre al principio de “excepcionalidad” en las intervenciones urbanísticas en los “Conjuntos Históricos” declarados como Bien de Interés Cultual (BIC) (Levante-EMV, 7-10-04), mediante la introducción en la nueva redacción del artículo 39 de la posibilidad real de modificaciones de su estructura urbana y arquitectónica, devaluando así esta figura de protección, ha facultado el “agiornamento” de análisis y reflexiones personales en torno a la misma vertidos en los artículos de opinión “La nueva ley del patrimonio cultural” (Levante-EMV, 5-9-97) y “El patrimonio construido y la nueva ley” (Levante-EMV, 3-9-98).

En este sentido, destaca sobremanera el miope rechazo del grupo mayoritario en las Cortes Valencianas de la figura del Paisaje Histórico Protegido como una nueva categoría de BIC, ante las nuevas amenazas contra el territorio valenciano, sometido a recalificaciones de millones de metros cuadrados de ámbitos antropizados constituidos a lo largo de los últimos dos milenios de historia y que están desapareciendo a ojos vista, privando a los ciudadanos presentes y futuros del derecho al paisaje, entendido éste como el resultado de la acción de factores naturales o humanos y su interrelación, constitutivos por si mismos de un bien cultural preciso, definido y delimitable.

En definitiva, el Paisaje, junto a la lengua, moldean una buena parte de las idiosincrasias esenciales que conforman la cultura identitaria y el imaginario colectivo de los distintos pueblos y nacionalidades históricas como la nuestra, así l´Horta de Valencia, el Palmeral de Elx o “les riberes” del Xúquer pueden devenir iconos del Himno de la Exposición Regional de 1909 del maestro Serrano o bien, desde posiciones ideológicas como las de Samir Amin, puras geografías “transnacionales”.

Frustrada mejora de la LPCV, que además hubiera posibilitado la adecuación de nuestro tristemente remozado texto legislativo con la Convención Europea de los Paisajes (CEP) de Florencia, por lo demás firmada en el año 2000 por el anterior gobierno español.

Asimismo han resultado estériles los esfuerzos intelectuales progresistas por mejorar la definición de los Bienes Inmateriales, encaminados a otorgar notoriedad a aquellos que vienen a ratificar nuestros hitos culturales específicos, o singularmente los destinados a facilitar y promover la legítima colaboración de los ciudadanos y de asociaciones públicas o privadas en los procedimientos reglamentarios de incoación de los bienes culturales sujetos a la custodia de las administraciones públicas y en las intervenciones urbanístico-patrimoniales que les afecten, limitando la proverbial discrecionalidad de las mismas, como en el caso del PEPRI denominado de la Muralla Islámica del Barrio del Carmen, que contrariamente ha ejemplificado de facto un nuevo modelo de urbanismo participativo, digno de mejor arropamiento jurídico, estrenado por el Director General de Arquitectura Fernando Mut.

Sin olvidar propuestas constructivas más puntuales destinadas a prevenir “pastiches” arquitectónicos relevantes como los nuevos sobreelevados del “Eixample” modernista de Valencia o la aberrante cubierta metálica acristalada del patio del propio “Palau de la Generalitat”, igualmente arrumbadas por la mecánica parlamentaria de mayorías y minorías.

Por su parte, el sesgo “antimunicipalista” original de la Ley 4/98, denunciado entonces por Jesús Huguet en sede parlamentaria (Levante-EMV, 4-2-98), tampoco ahora ha podido ser soslayado, a pesar de que los ayuntamientos son los mejores conocedores del patrimonio local y los más directamente afectados por la catalogación de sus bienes culturales.

En definitiva, este pasmoso tejer de día (1998) y destejer de noche (2004) de la, aún pendiente de desarrollo reglamentario, ley marco del patrimonio cultural valenciano por parte de la misma fuerza política que la alumbró hace apenas un lustro, bien podría responder a la necesidad perentoria de ventilar de un cortante golpe el “nudo gordiano” del intrincado proceso de descatalogación de los Bienes de Interes Cultural, ya apuntado en el segundo de los artículos citados más arriba y en el titulado “Blasco Ibañez, el Cabanyal y la ley de patrimonio” (Levante-EMV. Territorio y Vivienda, 7-3-99) del arquitecto Vicente Gallart, para el que son necesarios los informes favorables de dos instituciones consultivas. Camino de espinas sin atajos que las administraciones valencianas no parecen haber estado dispuestas a transitar en ningún momento en el caso del pronosticado sventramento del Cabanyal.

LA REINA MARIANA, PESSOA Y EL ESCLAVO

Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 23 de diciembre de 2004

“El arte es la organización de presencia compartida entre objetos, imágenes y gente”.
( Nicolas Bourriaud. Esthetique relationnelle. Presses du réel. Paris. 1998)

La relativamente reciente instalación en el número 26 de la calle de San Vicente de la broncínea “menina” en bulto redondo de Manuel Valdés, cosmopolita valenciano asentado en la gran manzana objeto de un previo artículo de opinión titulado “La Dama Ibérica, Valdés y Valencia” (Levante-EMV, 30-6-04), de cuya posesión podría vanagloriarse cualquier contenedor museístico contemporáneo, donada en enero del 2004 a la ciudad por el evergetismo del grupo de empresas inmobiliario Juan Bautista Soler, previo pago de la nadería de poco más o menos 100.000 euros –la filial monegasca de la galería Marlborough dixit-, una auténtica bicoca si se compara con los 107 millones de las antiguas pesetas de la descomunal efigie velazqueña de la rotonda de Alcobendas (2000), al margen de su idoneidad en relación a los ejes de circulación peatonal de esta histórica calzada, heredera de la mítica vía Augusta, faculta el repensar de un modo epistémico ponderado los nexos topográficos y semióticos entre los diferentes volúmenes artísticos del ornato urbano (texto) y los escenarios ciudadanos donde se insertan (contexto).

En otras palabras, así como la monumental cabeza cubista de Blasco Ibáñez de Nassio Bayarri de 1998 se integra física y moralmente en los paisajes primigenios de la plaza del Porxets del carismático escritor y “homenàs” valenciano, no parece suceder otro tanto con la posmoderna relectura del ex Equipo Crónica de la Reina Mariana de Austria de Velázquez, icónica figura de la Historia del Arte sin rostro formal impostada en la prístina necrópolis de la Boatella, de cuyas entrañas se exhumó paradójicamente el único retrato funerario de una niña romana conocido en Valencia, cuya relación última con esta castiza calle de Ciutat Vella escapa al común de los mortales.

La orfandad de enraizamiento con su entorno, a diferencia de la escultura sedente de Pessoa en el Chiado lisboeta, podría transmutar perniciosamente esta paradigmática manufactura valdesiana, aún a riesgo de incidir en la un tanto agraria opinión que no puede compartirse del erudito coleccionista Pere Maria Orts (“Colecciones y mecenas valencianos”. Posdata, Levante-EMV, 21-7-00) de que “es un esquellot, un cencerro para una vaca” (sic), en un nuevo artefacto del cada vez más abigarrado mobiliario urbano, de un modo similar a cuanto sucede con los insólitos onanistas “bancos unipersonales” de la calle de Alboraia.

En esta misma línea argumental, el Consell Valencià de Cultura estima que algunas esculturas públicas, según su vicepresidente Ramón de Soto pueden llegar, como en el caso de los anónimos “anzuelos” de la rotonda de la pista de Silla, a “degradar el paisaje” circundante (Levante-EMV, 1-2-2003) y en relación con el mobiliario urbano en general, ha dictaminado que éste “sea siempre acorde con el respeto al entorno” (Levante-EMV, 1-11-2003). Y si como quiere Moneo “el lugar explica la arquitectura”, otro tanto cabría predicar con respecto a la escultura pública, o acaso podríamos concebir honestamente “El Peine del Viento” de Chillida en otro lugar distinto del roquedal de Ondarreta o el “Génesis” de Camín en un predio diferente al de su Gijón natal.

En otro orden de cosas, si bien la reproducción mecánica por moldeado de hasta ocho copias de una escultura original se considera desde la época de Rodin como “obra única”, y en este sentido puede reseñarse como corolario el “Newton” de Dalí que Madrid comparte en las antípodas con Singapur, sin olvidar el ejemplar propiedad de la peregrina Fundación Capa de Arganda del Rey, el carácter clónico de la nueva menina de nuestra vieja calle del Mesón de Teruel, subsumida en la de San Vicente, con la del ignoto municipio murciano de Ceutí, podría en alguna medida no conferirle la misma altura en cuanto a excelencia artística que la obra prácticamente irrepetible, al albur de sus particulares técnicas escultóricas, de Miquel Navarro, Andreu Alfaro o José Sanleón, de cuyo “Esclavo” sacrificado performánticamente a las puertas del IVAM en el año 2000, se conjetura en los mentideros electrónicos que podría custodiar alguno de sus pedazos el conocido coleccionista Tomás Ruiz.

Obra esta última, que ilustra bien el rechazo y el boicot en su día de algunos vecinos y creadores de opinión al impuesto emplazamiento de la misma en la calle Pie de la Cruz, con su consiguiente deterioro físico, por más que su creador asegurara de un modo indulgente que “me adapté al espacio” (Levante-EMV, 18-3-00).

A modo de conclusión, de todo ello y especialmente de las recomendaciones implícitas del Consell Valencià de Cultura, se colige la necesidad de un Consejo Social operativo en lo tocante a la calidad y la ubicación de los monumentos públicos de la ciudad, en el que participen tanto los responsables de las administraciones competentes, como acreditados expertos en la materia y cualificados representantes de los colectivos ciudadanos concernidos, que permitan superar definitivamente oscurantistas episodios de exclusión cultural como el sufrido por el olvidado “Joanot Martorell” del ceramista Enric Mestre para la Plaza de la Reina, objeto del más hosco veto por parte de la ex unionista García Broch.

PROGRESO Y PATRIMONIO HISTÓRICO

Ricardo González Villaescusa

Levante-EMV, 17 de octubre de 2004

Admiror, parie(n)s, te non cedidisse ruina, qui tot scriptorum taedia sustineas. (Pintada de Pompeya: Me admira, pared, que no hayas caído en ruinas, tú que soportas las tonterías de tantos escritores)

La disyuntiva entre “progreso” y Patrimonio Histórico que ha reintroducido la modificación de la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98), o “Plan Pons”, forzosa y forzada por el mediático ex conseller de Cultura para paliar una anunciada sentencia de los tribunales contraria al “sventramento” del Cabanyal, la construcción de un palacio de congresos en las laderas del Benacantil o los intereses en general del “gremio del atobón” en el maltratado litoral valenciano es, sin más, espuria. El caso más esperpéntico de tropelías con el patrimonio materializado en la isla de Tabarca, posibilita una reflexión integral sobre el futuro posible del Patrimonio Histórico-Artístico valenciano, más allá de la noción decimonónica del inexorable “progreso” humano, compartida por el socialismo utópico de Owen.

En realidad, tal como plantea Clint Eastwood en “El Jinete Pálido” ante el cacique local, se trataría de determinar por extrapolación, si se está hablando del “progreso suyo” o de “el progreso de ellos” –por el de los explotados-, estableciendo el sujeto beneficiario último.

Así, Lourdes Roca, presidenta de la Comisión de Arqueología del CDL de Valencia ha señalado valientemente cómo el Patrimonio Histórico no puede ser valorado sin más por las Administraciones Públicas como una traba para el desarrollo inmobiliario de nuestras urbes. En esa tesitura la dificultad radica entonces en los propios responsables de la cosa cultural, textualmente: “Si el patrimonio estorba, el problema, desgraciadamente, es el gestor” (sic) (Levante-EMV, 15-11-2003).

Y si, como atribuye el azucarillo del bar a Víctor Hugo, “toda pasión se esfuma con la edad”, no parece llegado el momento en el que el tiempo nos alcance, como para renunciar a las potencialidades económicas que la puesta en valor del patrimonio valenciano podría conllevar, convirtiéndose en uno de los más destacados yacimientos de empleo venideros, relativos a las sinergias económicas vinculables con los rendimientos del turismo cultural de los centros históricos de nuestras vetustas ciudades, ahora que el turismo de sol y gambas parece agotar su recorrido.

Baste recordar cómo en las memorables Jornadas de Morella (2002) “El Patrimoni Cultural a debat”, se propuso un pacto local a favor de la protección legal de los “constructos culturales” como el Palmeral de Elche o l´Horta de Valencia. Y ahora, para más INRI, se solicita por la administración autonómica popular la declaración de Patrimonio de la Humanidad para el Tribunal de las Aguas, olvidando que dicha institución legendaria hace tiempo que quedó sin funciones reales, precisamente por la desaparición del medio histórico que le dio origen, esto es, la propia realidad física antropizada de la Huerta milenaria, con sus parcelas, “ceberes”, caminos rurales, “peirons”, acequias, cosechas específicas (xufa, bajoqueta, garrofó, etc.) y sobre todo su patrimonio inmaterial más precioso, sus abnegados labradores. Pronto llamados a convertirse en figurantes del mayor parque temático agrario de Europa o a desaparecer víctimas del desarraigo, como ya ha ocurrido en Campanar, con sus derribadas alquerías góticas, o en los enterrados paisajes de la Punta d´En Silvestre.

Como señala el historiador E. J. Hobsbawm en su autobiografía profesional Unos años interesantes. Una vida en el siglo XX, la mera aprehensión positivista de los hechos históricos no deja de ser una ingenuidad metodológica; por tanto, el patrimonio en sí no existe, hay que construirlo y para ello hace falta una administración que genere patrimonio. Preocuparse por el que existe es necesario, pero generar más patrimonio eso ya es de nota: ¿dónde están los inventarios de los paisajes protegidos como recomienda la Convención Europea de los Paisajes de Florencia (2000) firmada por España? Incapaces todos de actuar sobre el patrimonio cultural desde los principios de la economía ecológica del profesor Luigi Fusco, podrían obtenerse desde su materialidad misma, extraordinarios réditos sociales y económicos, tales como la necesaria cristalización de la endeble memoria colectiva del pueblo valenciano.