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viernes, 2 de marzo de 2018

EL PERIODISTA, L'ESCRIPTORA I EL CONSELLER

C. Matamoros en una imatge de El Periodic
Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 2 de marzo de 2017

El passat dia 4 de febrer pontificava encertadament el periodista llangardaix Juan Lagardera en la seua clàssica columna de Levante-EMV “No hagan olas” sobre la política de gestió cultural del país dels valencians i la seua presumpta perduda de pes específic en aquesta atribolada legislatura del Govern del Botànic, quan precisament tot un seguit de cessaments de caps de servei (Arqueologia, Museus, Arxius i Biblioteques) de tercer esgraó, pertanyents a la Direcció General de Patrimoni Cultural i Museus de la silent Carmen Amoraga, semblen venir a donar-li la raó en el fet de que el Patrimoni Històric pàreix haver esdevingut una pura assignatura “maría” en el relat d'una Conselleria d'Educació, en la que al marge de la seua evident capacitat d'autoorganització administrativa, la Cultura en majúscula i el llegat patrimonial en particular, resulten al cap i a la fi quasi sempre orgànicament devaluats.

Per més que com mantenen J. Ruíz i R. Montaner en el seu reportatge “Marzà mueve la cúpula funcionarial…” (Levante-EMV, 7-02-2018), els canvis previstos en el departament de Cultura han passat per l´acomiadament de la cap de servei Consuelo Matamoros, ja advocat per nosaltres en una metafòrica coda o cua culinària de l'article “El parto de los montes de la arqueología popular” (Levante-EMV, 15-11-2016), en el que previsorament ja proposàvem “despedir al cocinero”, amb la qual cosa segons pareix es guanyaria una esdevenidora Subdirecció General en la “ventafocs” i en conseqüència ara encara poc eficient àrea orgànica de patrimoni i museus valencians.

Panorama en què els successius retards en la tardana eixida de l'orde (28/2017) de bases reguladores de les subvencions econòmiques del Servei de Patrimoni Moble, de la també hui cessada Carmen Sugrañes, han arribat a armar el colp de dalla pràcticament definitiu de molts dels menuts museus locals que fiten i donen vida cultural a tantes comarques valencianes. En aquest sentit, les administracions públiques tenen i han tingut sempre unes consignacions pressupostàries ínfimes per a intentar satisfer la fam permanent d'aquests museus, amb l'excepció d'alguns pocs centres museístics privilegiats o fundacions, que han engreixat des de fa dècades a recer del pessebre institucional dels subsidis de diners públics, ajudes destinades a cofinançar inversions en equipaments, treballs de catalogació de fons o la programació d'activitats de difusió d'aquesta xarxa, virtual i esfilagarsada, de la resta dels nostres museus.

Perquè al remat i malgrat tot que els logografes del conseller d'Educació Vicent Marzà reivindiquen negre sobre blanc “Un tracte just per al poble valencià, també en cultura” ( Levante-EMV, 19/06/2017), no és menys cert que tal com va descobrir aviat al març de l'any passat al periodista Carlos Garsán l´esmentada més amunt directora general del ram, amb assumida i confessa data de caducitat, Carmen Amoraga, fil per randa “Cultura está en una macroconselleria y eso es parte del problema”. Dialèctica organitzativa, que d'altra banda, ben bé podria resoldre's properament en un senzill canvi del cuiner en cap al front dels fogóns de la cultura valenciana, mentrestant no es resolga la populista baralla de campanari de la tornada de la Dama a Elx, ara també acompanyada per la “Dama de Baza”, demanada al seu torn pel Partido Andalucista al crit de “La Dama pa Baza” des de l´any 2015.

EL PERIODISTA, LA ESCRITORA Y EL CONSELLER

C. Matamoros en una imagen de El Periodic
Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 2 de marzo de 2016
El pasado día 4 de febrero pontificaba certeramente el periodista Juan Lagardera en su clásica columna de Levante-EMV sobre la política de gestión cultural del país de los valencianos y su presunta perdida de peso específico en esta atribulada legislatura del Govern del Botànic, cuando precisamente una cadena de ceses de jefaturas de servicio (Arqueología, Museos, Archivos y Bibliotecas) de tercer escalón, pertenecientes a la Dirección General de Patrimonio Cultural y Museos de la silente Carmen Amoraga, parecen venir a darle la razón en cuanto a que el Patrimonio Histórico alcanza visos de haber devenido una mera asignatura “maría” en el relato de una Conselleria de Educación, en la que al margen de su evidente capacidad de autoorganización administrativa, la Cultura en mayúscula y el legado patrimonial en particular, resultan a la postre y por lo general orgánicamente devaluados.

Por más que como sostienen J. Ruíz y R. Montaner en su reportaje “Marzà mueve la cúpula funcionarial…” (Levante-EMV, 7-02-2018), los cambios previstos en el departamento de Cultura han pasado por el cese de la jefa de servicio Consuelo Matamoros, ya abogado por nosotros en una metafórica coda culinaria del artículo “El parto de los montes del arqueología popular” (Levante-EMV, 15-11-2016), en el que previsoramente ya proponíamos “despedir al cocinero”, con lo que al parecer se ganaría una futura Subdirección General en la “cenicienta” y en consecuencia ahora aún poco eficiente área orgánica de patrimonio y museos valencianos.

Panorama en el que los sucesivos retrasos en la tardía salida de la orden (28/2017) de bases reguladores de las subvenciones económicas del servicio de Patrimonio Mueble de la también hoy cesada Carmen Sugrañes, han llegado a armar el golpe de guadaña prácticamente definitivo de muchos de los pequeños museos locales que jalonan y dan vida cultural a tantas comarcas valencianas. En este sentido, las administraciones públicas tienen y han tenido siempre unas partidas presupuestarias ínfimas para intentar saciar el hambre permanente de éstos menudos museos, con la excepción de algunos pocos centros museísticos privilegiados o fundaciones, que han engordado desde hace décadas al socaire del pesebre institucional de los subsidios de dinero público, ayudas destinadas a cofinanciar inversiones en equipamientos, trabajos de catalogación de fondos o la programación de actividades de difusión de esta red o malla, virtual y deshilachada, del resto de nuestros museos.

Porque, finalmente y a pesar de que los logógrafos del conseller de Educació Vicent Marzà reivindiquen negro sobre blanco “Un tracte just per al poble valencià, també en cultura” (Levante-EMV, 19/06/2017), no es menos cierto que tal como reveló previamente en marzo del año pasado al periodista Carlos Garsán la mencionada más arriba directora general del ramo, con asumida y confesa fecha de caducidad, Carmen Amoraga, literalmente “Cultura está en una macroconselleria y eso es parte del problema”. Dialéctica organizativa, que por otra parte, bien podría resolverse próximamente en un mero relevo del guisandero jefe a cargo de los fogones de la cultura valenciana, al modo de la sonada destitución del Secretario de Medio Ambiente Julià Álvaro.

lunes, 4 de diciembre de 2017

¿QUÉ SERÁ DE LA NUEVA LEY DE PATRIMONIO CULTURAL Y MUSEOS?

Iglesia de San Nicolàs de Bari
y San Pedro Mártir
Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 4 de diciembre de 2017

Quienes seguimos aspirando a que las disciplinas sociales formen piedra angular en la construcción intelectual de la línea argumental de la separación de hechos históricos y juicios de valor, no podemos por menos que congratularnos de la edición del nuevo libro Basta con vivir de la Directora General de Cultura, la escritora Carmen Amoraga, así como de la publicación en el DOGV el 26 de octubre pasado del decreto 107/2017 por el que se aprueba el Reglamento de regulación de las actuaciones arqueológicas en la Comunidad Valenciana. Considerando que este último recupera la figura institucional del missing Consejo Asesor de Arqueología y Paleontología, y que siempre será mejor un reglamento imperfecto, en el cual se consagra la “arqueología de mercado”, que la hasta ahora reinante discrecionalidad administrativa de la incombustible jefa del Servicio de Patrimonio Cultural Consuelo Matamoros.

Dicho lo cual y mediados los artículos de opinión de cosecha propia de la actual añada “Leyes, líos y ayes” (Levante-EMV, 17-03-2017), “Fundaciones, Arte y Patrimonio” (Levante-EMV, 23-05-2017) y “De Reims a Benicarló: Azaña y el Patrimonio Cultural” (Levante-EMV, 31-08-2017), donde loábamos el punto final a la política de permanentes zurcidos de la antigua Ley 4/98 del Patrimonio Cultural Valenciano, alumbrada bajo el primer mandato del adalid de la demolición del teatro romano de Sagunto, Eduardo Zaplana. Además alertábamos sobre la necesidad de arbitrar, en el anunciado Anteproyecto de Ley de Patrimonio Cultural y Museos (LPCyM), los necesarios mecanismos administrativos de la Generalitat de tutoría y regulación públicos del cuantioso patrimonio vernáculo en manos privadas de las rutilantes fundaciones culturales de la burguesía de Mercadona, así como también clamábamos contra el éxodo oculto de obras de arte valenciano como la tabla del Maestro de Perea “San Damián matando a su padre”, de fines del siglo XV, puesto en almoneda en Madrid por la casa de subastas “Fernando Durán”.

Corresponde ahora, para saber dónde nos encontramos administrativamente hablando, recordar el acto oficial “Hacia la nueva Ley de Patrimonio Cultural Valenciano” oficiado en el cubo amarillo de la Universidad Politécnica el pasado 27 de junio por el Subdirector General de Patrimonio Antonio Bravo, junto a la citada más arriba C. Matamoros y la profesora de urbanismo María Emilia Casar, moderados por el maestro de arquitectos F. Taberner.

Mesa redonda en la que se desgranaron y clasificaron de un modo neutro algunas decenas de sugerencias de colectivos y particulares a los futuros contenidos de la misma ley que fue tildada, sin rubor, de ley de cuarta generación, aportados en la preceptiva fase de Consulta Previa, con la inexplicable omisión de propuestas por parte de las asociaciones profesionales de arquitectos. En dicho acto, y desde la perspectiva más política del economista A. Bravo se ironizó en torno a la actual identidad cultural de los valencianos, que fue definida acerbamente por el hecho diferencial de la sistémica infrafinanciación de la Comunitat Valenciana.

En este orden de cosas, con el invierno a las puertas, y sabido por todos que el Consell necesita no menos de una media de 400 días para sancionar en sede parlamentaria sus leyes del cambio, aquellos proyectos y proposiciones que no lleguen a Les Corts como máximo en febrero del próximo año 2018, tendrán una muy difícil plasmación final en letras de molde en el Diari Oficial de la Generalitat Valenciana. Lo que, de paso sea dicho, no acaba de entenderse muy bien, por qué se aprueba un nuevo y durante dos décadas deseado reglamento, y acto seguido se postula tramitar un nuevo marco legislativo, salvo que se quiera hacer bueno el famoso adagio de Romanones.

No deja de abrumar, pues y para terminar este exordio de nuestras cavilaciones leguleyas, qué quiso decir realmente la Directora General C. Amoraga cuando después de la reunión de julio de la Mesa de la Cultura Valenciana, de acuerdo con los plazos de la propia Conselleria de Cultura, anunció que sería finalmente en 2018 cuando la nueva normativa se concretaría. ¿Qué en ese año se aprobaría oficialmente la LPCyM o que entonces ya se dispondría de un primer articulado del texto para remitirlo a la cámara autonómica y quedaría aún pendiente su ratificación parlamentaria para la siguiente legislatura 2019-2023?

jueves, 31 de agosto de 2017

DE REIMS A BENICARLÓ: AZAÑA Y EL PATRIMONIO CULTURAL

Gárgola escupiendo plomo del Museo de Tau
© Alain Foucaut
Ricardo González Villaescusa
Levante-EMV, 31 de agosto de 2017

En el diálogo sin pausas ni ritmos escénicos de La velada de Benicarló (1937), escrito por Manuel Azaña, al final del texto hace una larga digresión sobre el patrimonio cultural que me era completamente desconocida. Un texto redactado por el presidente de la República en 1937, de recomendable lectura en su 80º aniversario por la lucidez y la clarividencia de sus análisis a dos años del final de la contienda.

El personaje de Morales, el escritor, que pone voz al Azaña intelectual, cuenta al resto la sensación de desamparo y perdición que albergó cuando en Valencia, capital de la República, corrió la voz de que los aviones de las fuerzas rebeldes habían bombardeado el Museo del Prado de Madrid. El personaje afirma que, de dirigir la guerra habría que alcanzar un acuerdo de “inmunidad de lo bello y lo histórico” que sentencia con la frase “Matémonos si queréis, pero salvemos de acuerdo nuestras obras de civilizados”.

Delegación española en Reims
© De la edición de La velada en Benicarló
Muy lejos de ser siquiera conocedor de la obra del presidente, creo vislumbrar en esta reacción una consecuencia directa del viaje que realizara el ya maduro Azaña en el otoño de 1916, al frente francés de la I Guerra Mundial, formando parte de una delegación de intelectuales solidarios con Francia, entre los que se encontraban los historiadores Menéndez Pidal y Américo Castro. Las reflexiones motivadas por aquel viaje fueron pronunciadas en una conferencia el 25 de enero de 1917 en el Ateneo de Madrid: Reims y Verdún: impresiones de un viaje a Francia, Madrid, 1917. En la capital del champagne, Azaña pudo comprobar de primera mano los efectos del acto vandálico realizado por las fuerzas alemanas sobre Notre-Dame de Reims, la belle, la guapa para los nativos. Con el pretexto de que las torres campanario eran utilizadas como puestos de observación de los movimientos de las tropas germanas, el ejército alemán bombardeó en 1914 hasta incendiar y destruir casi por completo la catedral de las coronaciones reales y alto contenido identitario francés. Las gárgolas vomitando plomo fundido de las vidrieras de la catedral del siglo XIII todavía pueden contemplarse en el museo diocesano del palacio de Tau, para conmoción de sus visitantes.

Es probable que el presidente conociera las vigentes normas de la convención de la Haya de 1907 en términos de protección de los edificios de culto y de valor patrimonial, pero lo que más nos interesa son las argumentaciones con las que el presidente defendía esa cláusula de respeto por “la belleza y lo histórico” que tienen especial valor en el momento actual, cuando nos preocupamos por la destrucción del patrimonio universal por el Estado Islámico.

Conjunto de gárgolas de la catedral de Reims
© Wikimedia Commons
Haciendo alusión a que ciertas destrucciones de patrimonio ya eran un hecho en 1937 en ciudades como Mérida, Toledo o Madrid, el escritor Morales defiende que el destino de esos bienes culturales donde permanece el “patrimonio espiritual” no parece preocupar a los contendientes de la guerra. A tal afirmación, Pastrana, trasunto de “prohombre socialista”, afirma que “será desgarrador perder los monumentos de nuestra civilización, no por históricos sino por actuales, operantes en nuestro espíritu”. Distingue así, en línea con las teorías más recientes un patrimonio productivo, en el sentido capitalista del término, como el valor de las cosas que se transmiten en una mercantil y al que no acceden todas las capas sociales por igual y los “monumentos españoles, parte improductiva del patrimonio nacional”, como un patrimonio que sí es de todos, siquiera nominalmente, pero que lo es precisamente, por infructuoso.

A estas alturas, no es de extrañar que Azaña conocía bien el origen del concepto patrimonio como el conjunto de bienes que se transmiten y conservan de generación en generación para definir una nación. Pero parece más interesante resaltar que en esa definición no había ningún rasgo de esencialismo. La idea patrimonial del jefe del Estado no tenía nada que ver con la inmanencia del espíritu español, sino de aquellas contribuciones hispanas a los valores universales. Al igual que la concepción de la patria, Azaña tenía una idea republicana del patrimonio cultural en la que rechazaba toda añoranza histórica. Su visión es moderna y rupturista, un nuevo proyecto social que toma impulso en una “cultura tradicional en permanente renovación” (S. Juliá, “Las patrias de Manuel Azaña”, en Historia de la nación y del nacionalismo español, 2013)

Ese proyecto social era personificado por Ricardo de Orueta, hombre de la Institución Libre de Enseñanza y Director de Bellas Artes entre 1931 y 1936, con Azaña de primer ministro y presidente de la República más tarde. El enfoque patrimonial de este historiador del arte se plasmaría en la “Ley del Tesoro Artístico Nacional”, de la que fue relator, y vigente hasta la Ley de Patrimonio Histórico de 1985. Esta ley desarrollaba el artículo 45 de la Constitución de 1931 y estipulaba las reglas de formación de un inventario del patrimonio histórico-artístico nacional. La frase de Azaña “matémonos si queréis, pero salvemos de acuerdo nuestras obras de civilizados” es una declaración de principios sobre la impotencia ante la guerra y la necesidad de preservar aquello que nos une (entre generaciones, entre clases, entre culturas y religiones…) como contribución a los valores universales, 35 años antes de la creación de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Esos mismos valores universales de modernidad que son cuestionados por el Estado Islámico cuando destruye el patrimonio preislámico para obtener ingresos con su venta y con la intención de amplificar el impacto propagandístico de sus actos.

Las lecciones son sencillas de extraer. La primera es que no estamos tan lejos del vandalismo yihadista como creemos, tan solo nos separa algo más de un par de generaciones. La segunda es que los valores universales no lo son tanto. La identificación de la nación con una religión, que distanciaba a Azaña del catolicismo exclusivista de Menéndez y Pelayo, es precisamente la coartada que usaron los talibanes para destruir las estatuas de los budas de Bamiyán en 2001. En tercer y último lugar, como son relativos, los valores que definen una sociedad, como la nuestra, necesitan de una discusión (“salvemos de acuerdo…”). Para dar nacimiento a una ley que proteja y conserve debemos consensuar, discusión mediante, qué merece ser conservado y protegido de la destrucción y del olvido; en definitiva, se trata de determinar qué valores propios creemos que contribuyen a los valores universales.

De lo contrario, tendremos que resignarnos como dice en un momento el escritor Morales de La velada de Benicarló, en clara alusión a la Casa de Velázquez, creada en 1920, a que “vengan a buscar vestigios entre montones de arena y ceniza los sabios de algún instituto extranjero”.

domingo, 11 de junio de 2017

FUNDACIONES, ARTE Y PATRIMONIO

Felipe Vives de Cañamas y Mompalau
de Jerónimo Jacinto de Espinosa
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV 23 de mayo de 2017

El anuncio por parte de la Dirección General de Cultura y Patrimonio que dirige la, en sus palabras, permanentemente «arrepentida» Carmen Amoraga, de la apertura del procedimiento de consulta ciudadana previa sobre el Anteproyecto de Ley de Patrimonio Cultural y Museos de la Comunitat Valenciana (LPCyM) que sustituirá a la obsoleta Ley 4/98, para afrontar adecuadamente los nuevos retos del patrimonio histórico valenciano y las nuevas figuras del mismo en el siglo XXI, viene a dar satisfacción plena a las demandas del Consell Valencià de Cultura (CVC) aprobadas en Pedreguer el pasado 27 de febrero. Y si se nos permite la pedantería, a los rejones críticos sobre la necesidad de clausurar a perpetuidad las políticas legislativas de manido parcheo de la vieja Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (LPCV) del Partido Popular vertidos en el artículo Leyes, líos y ayes (Levante-EMV, 17-03-2017).

En este orden de novedades del siglo XXI, el actual desembarco de una plétora de fundaciones culturales privadas, propietarias de importantes colecciones de obras de arte antiguo y moderno, como entre otras muchas la omnipresente Hortensia Herrero, Per amor a l´art –de los mecenas Susana Lloret y José Luís Soler– promotora del futuro Centro Cultural de Bombas Gens o la Chirivella Soriano, tras décadas de abandono de lo público y el oneroso lastre económico conllevado por el cierre de fundaciones ruinosas como La luz de las imágenes, conforma una emergente realidad patrimonial. Mientras, la nueva diáspora, salida incontrolada o fiscalmente clandestina, de nuestro territorio autonómico de piezas maestras integrantes del tesoro artístico valenciano, camino de las grandes casas de subastas de Madrid o europeas, como la reciente puesta en venta pública en Maastricht (Holanda) de un soberbio caballero de Montesa, obra barroca del gran pintor contestano Jerónimo de Espinosa debería abocar a nuestras administraciones públicas a dar una ajustada respuesta, mejorando sus competencias de inspección, control y tutela de la herencia cultural compartida, en el contexto instrumental de esta anunciada Ley de Patrimonio Cultural y Museos.

Y ello, a modo de viejo aviso de navegantes, sobre la base de la negativa experiencia de frustradas aventuras culturales particulares anteriores, ya de finales del siglo pasado, como la de la casi olvidada Fundación Portal de la Morería, de Tomás Brández, que fracasó completamente tanto en la puesta en marcha de sus voluntariosas propuestas culturales como en el desarrollo de sus ambiciosos planes arquitectónicos de integración urbana del torreón de la muralla árabe del desparecido pub Hanax, del palacio de los Fernández de Córdova: «Pretendemos convertir el conjunto del edificio en un lugar con una dinámica que sea a la vez museo histórico, donde queden expuestos al público tanto los lienzos de la muralla y la torre recuperados, apoyados en unos paneles descriptivos de la ciudad de Valencia y su recinto árabe amurallado del siglo XI y de elemento generador y divulgador de todo tipo de manifestaciones culturales» (25-08-1994).

viernes, 8 de enero de 2016

DE ARQUEOLOGÍA, REGLAMENTOS Y SABIOS

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 8 de enero de 2016

Más de tres lustros después de la aprobación de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98) (LPCV), de irredento desarrollo reglamentario en los años de plomo de la era popular, el pasado 4 de diciembre Radio Valencia daba puntual cuenta de la entrega del nuevo Reglamento de Arqueología el mes corriente. Este borrador es fruto del compromiso adquirido por la Directora General de Patrimonio Carmen Amoraga, consecuencia del llamado Pacto por la Arqueología Valenciana, suscrito (con excepción del PP) por el conjunto de las fuerzas concurrentes a las pasadas elecciones con el Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras de Valencia y Castellón.

Solo podemos felicitar una previsión normativa que hemos reivindicado hasta donde nos alcanza la memoria con una auténtica prédica en el desierto en forma de rosario de artículos de opinión, de la índole de “Un Copenhague valenciano en la gestión de la Arqueología” (Levante-EMV, 14-01-2010) u “Odisea arqueológica a ninguna parte” (Levante-EMV, 4-05-2013). Actitud que nos exige por coherencia personal retomar y actualizar nuestras reflexiones sobre esta anhelada regulación normativa de la actividad arqueológica, hasta ahora al albur de la discrecionalidad administrativa.

Partiendo de estas premisas, y hasta donde nos es dado conocer de la lógica interna de la redacción, solo puede coincidirse con la tesis de partida de que la Arqueología es una labor de investigación científica y no un mero trámite burocrático-urbanístico. En congruencia, esta esperada ordenanza no puede avalar en ningún caso una visión anticuada de la actividad arqueológica dictada por los imperativos del desarrollo urbano y de las infraestructuras del pasado boom inmobiliario con unos profesionales sometidos a los promotores ni una gestión postrada en manos del financiador. Como dijéramos junto a Isabel Escudero en “Patrimonio, actores sociales y ordenación del territorio” (Levante-EMV, Territorio y Vivienda, 16-11-2003): “… el efecto perverso previsible de una medida progresista «quien destruye patrimonio paga», (…), se ha convertido en «quien destruye gestiona» o «quien paga manda». En la práctica, se ha producido una sustitución de un modelo de gestión y financiación pública (con sus defectos) por un modelo de financiación privada bajo la influencia de las leyes del mercado y una ausencia efectiva de controles (sin virtudes científicas)”.

Un modelo basado en profesionales liberales y empresas no es ni debe ser incompatible con la exigencia y el control por parte de los poderes públicos de una verificación no circunscrita exclusivamente a la calidad de la intervención de campo sino también a los resultados científicos obtenidos, a la divulgación y la publicación de los mismos.

Se hace imprescindible que el reglamento contemple que la praxis arqueológica requiera de una habilitación oficial tanto de los arqueólogos-inspectores como de los servicios arqueológicos municipales, los profesionales liberales y empresas que soliciten el ejercicio facultativo de la Arqueología. Eso permitiría controlar la idoneidad de los trabajos a priori y, en caso necesario, deshabilitar a aquellas firmas, que hicieran su trabajo de un modo manifiestamente inapropiado y con consecuencias irreparables.

Con tales certificados administrativos, una mercantil que desarrollara su trabajo para la Generalitat Valenciana en esta materia, actuaría verdaderamente en representación de la misma, lo que no sería impedimento para que departamentos de grandes constructoras con un cuerpo técnico solvente o secciones arqueológicas especializadas también pudieran obtener acreditaciones nominales propias.

Cuestiones doctrinales que en nuestra opinión deberían nacer fruto de un asesoramiento científico. Como ocurriera con los contenidos de la “Orden que regula la realización de actividades arqueológicas en la Comunidad Valenciana” del año 1987 (DOGV. 645), el nuevo ordenamiento demanda ahora para su correcta presentación en sociedad y visualización mediática en estos nuevos tiempos de regeneración ética de un necesario aval científico. Para ello es imprescindible la función del “Consejo Asesor de Arqueología y Paleontología” (CAAP), un olvidado órgano consultivo reconocido por la Ley de Patrimonio que se encuentra pendiente de convocatoria por parte de todos los responsables populares del área de Cultura, nada menos que desde 1996, aunque necesitado lógicamente de un “lifting” generacional.

Por su parte, los profesionales de la arqueología preventiva deben ser protegidos por el nuevo ordenamiento. Deben poder actuar en nombre de la administración y responder ante ésta de su trabajo y no ante un promotor inmobiliario. Deben tener un respaldo normativo y económico frente a las expectativas científicas de la institución y la sociedad para la que trabajan (objetivos, métodos, conservación, tratamiento de los restos conservados y composición y desarrollo de las memorias científicas, divulgación y publicaciones…) para dejar de ser meros forenses de la Historia y convertirse en los traductores de las realidades sociales de un pasado que interesen a nuestra sociedad. Para ello es necesario que su actividad pueda inscribirse en proyectos científicos de largo alcance, evitando así el divorcio entre centros de investigación (museos, universidades) y la arqueología preventiva.

No podemos estar más de acuerdo con las recientes declaraciones del presidente Ximo Puig, cuando afirmaba tras el 20D que es “el tiempo de la humildad” y por ello es necesario que ese Reglamento surja de un amplio consenso social con todos los actores científicos, institucionales, económicos y sociales implicados: los arqueólogos colegiados (incluidos los de Alicante), la patronal de las empresas de arqueología (Asemarq), las universidades valencianas, los museos y los servicios municipales; sin olvidar a los ciudadanos que de una u otra manera, organizada y colectiva han sufrido o defendido el patrimonio de este país.

Sabemos que un proyecto de esta envergadura es complejo pero siguiendo la inspiración de A. Ricci, en la ciudad eterna, Roma, en su libro En torno a la piedra desnuda, Arqueología y ciudad entre identidad y proyecto, solo así puede darse un correcto “uso público de la historia” (la esencia de la política patrimonial) que haga conmensurables las diferentes velocidades de las políticas patrimoniales y el urbanismo que requieren de «intervenciones de adaptación y transformación en tiempos mucho más rápidos que los impuestos por la investigación arqueológica de campo».

jueves, 21 de mayo de 2015

PACTO POR LA ARQUEOLOGÍA VALENCIANA

Documento discutible pero con un acuerdo de mínimos firmado entre el Colegio oficial de doctores y licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Valencia y Castellón y la mayoría de los partidos políticos que concurren a las elecciones del 24 de mayo de 2015. Con la excepción del Partido Popular y Ciudadanos.

Discutible en la medida en que los conceptos se sobreentienden sin ir precedidos de una reflexión. Protección sí pero ¿con qué criterios? Profesionales del patrimonio, también, pero ¿quiénes lo son? ¿solamente los colegiados? Y, por último, la "limitación de las acciones de voluntariado" puede hacer de la praxis arqueológica una actividad completamente restringida a un sector de profesionales. Una de las mejores maneras de difundir la disciplina arqueológica y el patrimonio es hacer participes a los ciudadanos que no tienen una relación directa con ella. Pueden participar sin que peligre ni el patrimonio ni la actividad profesional de aquellos que la tienen como medio para ganarse la vida.

En cualquier caso un compromiso valioso que puede tener alcance en el caso de que, como es deseable, cambie el paisaje político.



1. Defensa del patrimonio arqueológico en el marco del cumplimiento de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano y mediante la idoneidad tanto de las actuaciones como de los profesionales en beneficio del patrimonio cultural y del conjunto de la sociedad

2. Desarrollo de un Reglamento que normalice y regule las intervenciones arqueológicas y que defina adecuadamente todos los aspectos de la actividad arqueológica

3. Redacción de un Plan estratégico del sector dedicado al patrimonio arqueológico en el que se involucren las diversas administraciones, tanto autonómica como provinciales, mancomunales, comarcales y locales junto con las diferentes entidades dedicadas al patrimonio arqueológico para conseguir una actividad profesional que ponga en valor el patrimonio, lo proteja y además de beneficios intangibles, reporte beneficios económicos gracias a su interactuación con otros sectores como el turismo, la obra pública y privada, etc

4. Desarrollo de un Plan de catalogación, protección y puesta en valor de los yacimientos arqueológicos de nuestra comunidad, evaluando la situación de cada uno de ellos y proponiendo medidas concretas y específicas

5. Redacción de un Plan para la difusión, concienciación y educación sobre nuestro patrimonio arqueológico que incluya 

     a. la publicación sistemática de trabajos de investigación.
     b. las visitas de escolares, asociaciones y público en general a yacimientos arqueológicos.
     c. la realización de charlas y coloquios en colegios, institutos, ayuntamientos, etc.
     d. la programación de e oposiciones temporales en el ámbito local y comarcal.
     e. la promoción de la arqueología social con la puesta en valor de los yacimientos, etc

6. Inclusión de profesionales colegiados y de reconocido prestigio en el ámbito del patrimonio arqueológico en las comisiones de patrimonio y órganos consultivos y de asesoramiento valencianos en materia cultural

7. Limitación de las acciones de voluntariado en materia de patrimonio cultural con el fin de evitar la devaluación de la profesión, la precariedad del mercado laboral y la destrucción y-o abandono del patrimonio arqueológico

8. Reactivación y fomento del empleo para los profesionales de la arqueología a través de la firma de convenios, la puesta en marcha de centros públicos destinados a la investigación y puesta en valor del patrimonio histórico, museos, colecciones museográficas, el desarrollo de planes de ayudas e incentivos a la actividad arqueológica privada, etc.
 
9. Definición de las competencias de la administración, Universidades e Instituciones en materia de cultura para evitar incompatibilidades profesionales en actuaciones, planes y proyectos tanto en sectores públicos como privados

10. Contratación por parte de la administración de los técnicos necesarios para la gestión adecuada y competente del importante patrimonio arqueológico valenciano mediante convocatorias públicas y transparentes.

martes, 18 de marzo de 2014

CABALLERIZAS, RUINAS PERTINACES Y SIG´s

Muralla islámica en el subsuelo del Temple
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 8 de marzo de 2014

La pertinente reconvención de Julio Monreal por nuestra sequía epistolar invernal en Levante-EMV, nos permite argüir a modo de descargo el argumento de la casi insuperable dificultad de, parafraseando al desparecido Miquel Barceló, escribir acerca de nada en punto a la en esencia ahora inédita gestión institucional del patrimonio histórico valenciano.

Con todo, la reciente irrupción de la guadianesca noticia de la descatalogación para derribo en Ciutat Vella de unas presuntas caballerizas del siglo XIX en la trasera del palacio gótico de los Escrivà de Romaní (Levante-EMV, 21-02-14), aparentemente desmentido a los pocos días por el concejal de urbanismo y aún con el asunto en el aire, a juzgar por los juicios de valor negativos sobre este edificio anexo del mediático arquitecto J.M. Lozano, sustentados en estratigrafías murarias externas y tapujos museísticos. Además de poder ilustrar a modo de ejemplo los potenciales riesgos de la penúltima reforma ad hoc de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano, deslizada sin alharaca en la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos de 2013 para evitar la judicialización de casos como el del controvertido Jardín de Monforte, en virtud de la cual los ayuntamientos con Planes Especiales de Protección (PEP) de sus Bienes de Interés Cultural (BIC) aprobados, han asumido la gestión directa de sus entornos de protección sin el filtro previo de la Conselleria de Cultura, con la vergonzante excepción de las intervenciones arqueológicas urbanas. No ha dejado de retornarnos a la memoria, cual fulminante infusión de rabos de pasa, como fue el maestro de periodistas, recientemente premiado en sus propias palabras por “ser un incordio para media Valencia y a parte de la otra”, Ferran Belda el primero en utilizar subliminalmente por sus connotaciones peyorativas el término “caballerizas” en uno de sus antológicos Bastos “La cordura vuelve al Real” (Levante-EMV, 27-01-1989), para referirse entonces a una construcción igualmente polémica, el Palacio del Real de Valencia.

Por lo demás, los paralizados desde hace más de un año trabajos de restauración del neoclásico Palacio del Temple, devueltos al primer plano de la actualidad por el despido de su arquitecto-estrella Carlos Meri por parte del Ministerio de Hacienda (Levante-EMV, 28-02-14), junto al memorable fiasco arqueológico de la calle Ruaya, a la que ya dedicamos nuestro “La excavación del millón de dólares” (Levante-EMV, 17-07-08), constituyen en nuestra opinión el paradigma hoy en día de la gerencia autonómica de una Arqueología Urbana de Valencia, externalizada, muy lenta y económicamente cara, a la vez que ineficiente en sus metodologías y estrategias obsoletas de intervención sobre el terreno.

Buena prueba de ello resulta el manido subterfugio aducido, mano de santo en estos casos, para justificar la paralización de las obras de la antigua sede de la Orden de Montesa del afloramiento de los restos de la muralla almohade, con adarve fortificado, torres cuadradas, barbacana y foso, algo que a modo de pretexto únicamente “se podía intuir”, cuando la realidad es que una previa consulta a un sistema de información geográfica (SIG), como la carta arqueológica de Barcelona, operativa desde 2010, hubiera revelado con suficiente precisión proyectual allí, no sólo su tozuda previsible presencia, sino su carácter de hallazgo arqueológico programable.

A modo de conclusión Nihil novum sub sole, tampoco debería echarse en saco roto el hecho de que el “ajuste geométrico” implementado en la propuesta de integración de la muralla árabe del Temple en un espacio diáfano, parece cerrar sintomáticamente el bucle arquitectónico de la solución impuesta por Tomás Lloréns un cuarto de siglo atrás en la Sala de la Muralla del IVAM.

domingo, 16 de septiembre de 2012

DESCRÉDITO DE LA ARQUEOLOGÍA


Paso de los Alpes de Anibal. Tapiz del siglo XVI
Ricardo González Villaescusa
Levante-EMV, 16 de septiembre de 2012

No por anunciado deja de sorprender el estrafalario final destinado a la famosa excavación de la calle de Ruaya en Valencia (Levante-EMV, 24-07-2012). No mantendré demasiado suspense y comenzaré por la mayor: si le queda poco prestigio a la profesión de arqueólogo es por deméritos del propio colectivo profesional. Sostengo, además, que las excavaciones realizadas en el solar del frustrado aparcamiento de la calle Ruaya de Valencia son importantes. Los restos exhumados en ella, su localización espacial respecto a la posición de la ciudad fundada en 138 a. de C., las estructuras viarias que fueron exhumadas, las excepcionales estructuras agrarias que demuestran la pronta plantación de viñedos desde un momento histórico temprano, la posterior evolución de esos mismos espacios como regadío en época medieval, las balsas... y un largo etcétera, son ciertamente importantes, aunque para el conocimiento de los valencianos sigue durmiendo el sueño de los justos. Todo ello, incluidos los "vestigios de vida más antiguos" (sic) de la ciudad, podría permitir un mejor conocimiento de la misma, una percepción más compleja y una mejor comprensión de los espacios que precedieron a la fundación de la ciudad de Junio Bruto, una mejor visión de las estrategias que les permitieron subsistir a aquellas gentes, qué produjeron, qué consumieron, con qué productos comerciaron y, sobre todo, por encima de todo, qué hace que la ciudad de Valencia hoy sea la que es, sea como es. 

En cambio, con los datos en la mano, la importancia de estas excavaciones no radica precisamente en poder retrasar la fundación de nuestra ciudad a un momento previo a 138 a.C., ya hace 2150 años, acreditada cronología que la "caverna" valenciana ha venido queriendo refutar de siempre. ¿Acaso a alguien se le puede ocurrir que los colonos itálicos establecieron la ciudad en un suelo desprovisto de toda huella? ¿Nadie transitó por el solar de la urbe antes de ese mítico 138 a. de C.? ¿No habría ni un solo ibero, incluso alguna granja o pequeña aglomeración edetana, en la suma de hectáreas de lo que más tarde sería la nueva ciudad? ¿O, en los cientos de hectáreas del territorio de la misma? ¿30 años de excavaciones arqueológicas urbanas pueden, súbitamente, verse refutadas por la circunstancia de que se haya encontrado allí materiales más antiguos que los de la propia Valentia?

Escuchen pues los lectores interesados. El conocimiento que permite la Arqueología es, simple y llanamente, distinto del que proporciona la Historia de los textos y los documentos. La Arqueología permite dar voz a una masa ingente de personas anónimas y mayoritariamente analfabetas sobre las que nadie creyó necesario escribir nada. Gentes sin historia, en definitiva. Para los que vieron justificada su importancia por tratarse de un campamento militar de Aníbal, nada podrá persuadirles de que unos agujeros de plantación de viña puedan acercarse en importancia a los abrevaderos de los elefantes. Ya no es espectáculo, solo es cultura. Por más que fueran interesadas hipótesis de trabajo, dos monedas de la dinastía Bárquida y una cierta cantidad de cerámicas de origen púnico, no pueden aducirse, desde un mínimo rigor académico, como argumento alguno para postular un imaginario "campamento militar" cartaginés y, menos aún, el del mismísimo Aníbal, camino de los Alpes. ¡Decenas de yacimientos valencianos podrían optar a la misma interpretación sobre la base de las mismas evidencias! Y todavía menos si ese relato se vehicula a periodistas desprovistos de un bagaje crítico especializado o a un público ciudadano, por lo común inerme intelectualmente al sensacionalismo de este tipo de imposturas intelectuales que ven con buenos ojos "la más antigua tal" o "la primera cual". La verdadera divulgación de nuevos conocimientos se realiza en las revistas especializadas con comités de redacción y no a golpe de improvisadas ruedas de prensa, como ha denunciado recientemente Jean-Loïc Quellec en "Sciences et Pseudo-sciences". 

Estos errores repercuten bochornosamente en toda la escala de decisión de los gestores públicos de lo arqueológico, mientras un obsequioso silencio se extiende por todas las instancias administrativas y de conocimiento. ¿Nadie pudo informarle a la señora alcaldesa de Valencia de que la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98) recoge, negro sobre blanco, que la intervención arqueológica está obligado a costearla el promotor y no el Ayuntamiento? ¿A qué viene tan onerosa excepción de un millón de euros? ¿Quién se ha molestado en explicar toda esta discriminación arbitraria al resto de los promotores inmobiliarios? ¿Cómo justificamos ante la opinión pública que unos tiestos merezcan tanta atención mediática y tamaño gasto un día y unos pocos años después ni una sola publicación los haga accesibles? Perdóneme que sea tan prosaico, señora Barberá, usted no entiende nada de Arqueología... ni tiene por qué. ¿Pero nadie, ningún regidor, asesor o funcionario tampoco? ¿Y el colectivo de arqueólogos, organizados, colegiados o de forma individual? El colectivo se encuentra cual "agente intelectual paralizado", en expresión de M. Vargas Llosa en su nuevo libro La civilización del espectáculo. Encogerse de hombros ante la lectura de lo que algunos consideran naderías históricas, el que muy pocos pierdan el tiempo en refutar las estulticias, nos convierte a todos en avalistas complacientes del espectáculo de una historia inventada, y condena al colectivo arqueológico a su actual postración.
Artículo más votado de Levante-EMV del 16/9


martes, 21 de agosto de 2012

DE CASTILLOS, MOROS Y SERPIENTES DE VERANO

Tramo de las murallas de Xàtiva
Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 21 de agosto de 2012

Más allá de nuestra puntual contribución en estas mismas páginas al debate sobre la cronología del “Castell de les 300 torres” de Onda, con el artículo de opinión ¿Reinos de Taifas? (Levante-EMV, 24-04-2011), la exhibición en las Torres de Quart de una reciente muestra de los trabajos prácticos de castellología de los alumnos del benemérito arquitecto Manuel Ramírez, ha constituido el fermento original suficiente para espolearnos a reunir negro sobre blanco y ordenar ahora en pleno ocio canicular, nuestros propios pensamientos en torno a la irredenta problemática de los arruinados castillos de las tierras valencianas y sobre su incierto futuro. 

Planes de recuperación autonómicos sobre “els nostres castells” (Levante-EMV, 10-10-2008), en feliz titular de Vicent Álvarez, anunciados por mediáticos turiferarios en pasados años de vino y rosas de la Generalitat, caídos uno tras otro en saco roto, como los mismos derrumbados tapiales, mampuestos o sillares de los más de 300 recintos castrales diseminados a lo largo y ancho de toda nuestra geografía. 

En este erial patrimonial, tampoco faltan ilustrativas “serpientes de verano” como el memorable anuncio, digno de los anales de la mejor “arqueología cranck”, ya hace más de un lustro, de restauración inmediata del castillo de Corbera gracias a la filantropía privada de un misterioso magnate árabe, con familia en Alzira para más señas, dispuesto a donar benéficamente hasta 6 millones de euros para rehabilitar esta emblemática fortificación de la Ribera (Levante-EMV, 5-07-2005), en manos públicas después de que en 2003 la Diputación de Valencia indemnizara a con 270.000 euros a sus últimos propietarios. 

El impagable culebrón estival continuaba al día siguiente desvelando en este mismo diario, para pasmo de los lectores, que “el mecenas árabe.... es un magnate del petróleo”, sobre la base de los barruntos de un vecino alcireño intermediario, con el entonces alcalde de Corbera, donde los orígenes islámicos de esta fortaleza medieval, habrían resultado claves para que el ya millonario empresario saudí, dueño de negocios petrolíferos, hubiera decidido apostar por su completa recuperación arquitectónica, apostillando dicho primer edil “Esto va en serio”, con un 90% de posibilidades de éxito. 

La euforia colectiva se esfumaba por completo al tercer día, como el oro negro del inexistente emir, en un giro teatral más propio del genio de la lámpara de Aladino. En realidad resultó ser poco más que una ocurrencia de un historiador aficionado local sobre la lejana posibilidad “en pañales” de que estados de la Península Arábiga en ocasiones pudieran conceder ayudas económicas “cuando les gusta un inmueble de este tipo”. Aduciendo, como único argumento de peso a su favor, que cuando el secretario de la embajada saudí visitó Alzira con motivo de la inauguración de la escultura de Ibn Tomlús, pudo conocer la alcazaba de Corbera “y le gustó” (sic) (Levante-EMV, 7-07-2005).

Ver mapa más grande
Finalmente parece ser que se llegó a preparar un dossier con fotografías de este maltrecho castillo e inscripciones coránicas al uso, para remitir a embajadas de países árabes… y el asunto terminó por pasar a formar parte del sueño de los justos. 

Anécdota que puede erigirse en ilustración del estado actual de general abandono institucional de nuestro patrimonio arquitectónico militar andalusí y feudal, salvo honrosas excepciones como entre otras la mansión señorial de Beselga (Estivella), el “Palau del Baró” de Riba-roja, el expropiado “Castell” de Alaquàs o la restaurada torre mora de Torrent, que, al igual que el eclesiástico amortizado, del que ya nos ocupamos en una entrega anterior “¿El Patrimonio Eclesiástico…es sagrado?” (Levante-EMV, 5-11-2011), requiere de nuevos usos al servicio de la sociedad civil y del ordenamiento del territorio rural, al margen de fantasías orientales, mientras San Expedito, patrono de las causas justas y urgentes, se decida a abrir de nuevo la faltriquera anticíclica de las inversiones públicas.

martes, 14 de agosto de 2012

ENAJENACIÓN DEL PATRIMONIO HISTÓRICO

Venecia, donde se van a vender algunas propiedades. © EL PAÍS
Se dice que la mejor manera de conservar un viejo edificio histórico es atribuirle  una nueva funcionalidad. Un patrimonio en desuso es la mayor garantía de su degradación. Ahora bien, es imprescindible que la nueva función del viejo edificio sea compatible con los principios que rigen la conservación y el disfrute del patrimonio histórico por todos los ciudadanos.

Ya hemos abordado este delicado tema en diversas entradas de este blog. Si la enajenación del patrimonio empresarial del estado es arriesgada y siempre resulta sospechosa y poco transparente, el riesgo y la sospecha, cuando se trata de un bien histórico, es aun mayor. Por definición no es renovable y puede perderse irreversiblemente. 

Esta crisis está afectando doblemente al patrimonio. De un lado, los escasos recursos no se dedican a protegerlo o restaurarlo, el patrimonio se encuentra claramente en peligro, aunque el tiempo no entiende de crisis y la institución atemporal que es la Iglesia se desentiende de su patrimonio en ruinas ante la presión de los poderes públicos por cobrar el IBI a la Iglesia o por las solicitudes de las administraciones para que se ocupe de las ruinas que pueblan el mapa español. Por otro, atrae la atención de los dirigentes de los PIGS hacia los bienes históricos, en los que son especialmente ricos, aunque no precisamente para convertirlos en motor de un desarrollo cultural y económico a medio y largo plazo, sino para obtener dinero rápido por su venta a quienes pueden comprarlo y, por consiguiente, disfrutarlo privativamente. No es seguro que en Italia la subasta de bienes patrimoniales pueda compensar las pérdidas provocadas por otros gastos más onerosos, y probablemente más inútiles, reduciendo así el déficit público. La certeza procede, no obstante, de la evidencia de una pérdida de la titularidad estatal de bienes que pertenecen a todos, no solamente como consecuencia de su clasificación y protección pública, sino también a raíz de su ontogénesis, fruto del trabajo de clases desfavorecidas en beneficio de los señores de la Italia de las señorías y repúblicas. 

El acto de apropriación pública por el que las naciones construyeron su identidad con la ayuda del concepto del patrimonio histórico, clasificado, inventariado, protegido..., sufre una retrocesión en beneficio exclusivo de unos pocos. Los palacios vuelven a ser de las élites y la Ciudad prohibida imperial de Pekin se torna en "Ciudad exclusiva". Paulatinamente, todo vuelve a su sitio y despertamos del sueño en que "lo público" era garantía de justicia social.

En realidad no hay tanta diferencia entre los pauperizados funcionarios griegos que se convierten en cómplices de redes de enajenación de bienes patrimoniales muebles, los corruptos funcionarios chinos que organizaban fiestas privadas para los nuevos ricos del sistema y el gobierno tecnócrata de Mario Monti. Es solo cuestión de escala. Y de poder legislativo para modificar las leyes de suerte que la actividad no sea delictiva.

  • El Gobierno de Monti plantea subastar 350 edificios históricos
  • El último plan de enajenación de inmuebles quedó por debajo del objetivo
Lucia Magi, El País, Roma 13 de agosto de 2012

Las grandes empresas, las fundaciones de arte o los fondos de inversión que quieran disfrutar de un escaparate en la orilla del Gran Canal de Venecia o en el prestigioso barrio de la moda de Milán pueden considerar abierta la temporada de compras. El Gobierno italiano va a poner a la venta 350 inmuebles históricos propiedad del Estado y que se encuentran vacíos. El presidente del Ejecutivo, Mario Monti, y su ministro de economía, Vittorio Grilli, buscan la forma de inyectar en las arcas públicas entre 15.000 y 20.000 millones anuales para reducir la deuda pública hasta que represente el 100% del producto interior bruto (PIB), 23 puntos por debajo de donde se encuentra ahora.

Después de recortar el gasto público —por ejemplo, el viernes el Consejo de Ministros decidió el cierre de 31 tribunales—, introducir el impuesto sobre la vivienda, reformar el mercado laboral y el sistema de pensiones, en el último tramo de legislatura, Monti necesita atacar la enfermedad crónica de la economía italiana: la deuda. No puede escaparse. Italia debe a sus acreedores 1,9 billones de euros. El país está en la línea del fuego junto a España: los mercados dudan que pueda ser solvente.

Así que la reducción de la deuda va a centrar las labores de otoño de los tecnócratas. Se lo piden los gabinetes de asesores, los economistas y también los partidos en el Parlamento. Monti debe frenar el aumento de un lastre que se pone cada minuto más pesado (era el 104% del PIB en 2008, hoy el 123%) para evitar ulteriores rebajas de las agencias de calificación de deuda, mostrarse serio ante los inversores y quizás esquivar el rescate y la firma de compromisos que pondrían en peligro la siempre frágil situación política. Entonces, habrá cumplido con su misión, que, para usar una expresión de Romano Prodi, era la de “desmontar Italia como si de un mecano se tratara y volver a construirla desde principio”. El professore de Bolonia, jefe de un Gobierno que abarcaba a más de 10 partidos, no pudo con ello. El professore de Milán lo está intentando.

Las joyas de la familia


Unas de las soluciones hasta ahora diseñadas consiste en vender las joyas de familia. Roma es propietaria de inmuebles vendibles por 42.000 millones de euros, según relevó la relación sobre el patrimonio inmobiliario preparada el año pasado por la Caja Depositi e Prestiti, propiedad de Hacienda en un 70%.

El momento no es favorable a las compraventas de casas y, menos, de castillos. A finales de 2012 el volumen de negocio del sector inmobiliario cayó un 92% respecto al mismo periodo del ejercicio anterior, según la compañía Real Capital Analytics. No sería la primera vez que Italia intenta hacer caja liquidando sus palacios sin mucho éxito: el fondo Immobili Pubblici ganó 860 millones de euros con la subasta de 140 edificios. Pero había puesto a la venta 394 locales, por un valor total de 3.500 millones. En Bolonia, por ejemplo, se puso a la venta el enorme convento de las Carmelitas Descalzas, de 4.000 metros cuadrados, más patios y soportales. Al finalizar la subasta no había conseguido ni una sola oferta. De los 13.000 millones de precio de salida, se fue rebajando hasta 9.900. Pero tampoco así levantó nadie el brazo para hacerse con este bien inmueble.

Sin embargo, muchas de las propiedades de la pasada tanda de ventas estaban ocupadas y el Estado solo quería liquidez inmediata para seguir pagando el alquiler. Se trataba, para los inversores, de una fuente segura y continua de dinero. Ahora es distinto: los 350 edificios de la lista están vacíos y se pueden ocupar. Los tecnócratas italianos confían en que las firmas puedan verse atraídas por la perspectiva de abrir una sede prestigiosa y con encanto. Por ejemplo, en el Castillo Orsini en Soriano al Cimino, en la región de Lazio (centro), que fue construido por el Papa a mediados del siglo XIII. O en el palacio Diedo en Venecia, construido en el siglo XVIII en pleno Sestiere (los barrios venecianos) Cannaregio, sede de un juzgado hasta hace pocos meses. Precio: 19 millones. Pero hay 17 edificios más en la ciudad lagunar. Milán vende 100 locales, incluido el palacio Bolis Gualdo por 31 millones, en la calle Bagutta de Milán, la zona de la moda más importante del mundo. Los negocios también son cuestión de imagen.

jueves, 26 de julio de 2012

LA EXCAVACIÓN DEL MILLÓN DE DOLARES

Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 17 de julio de 2008

R. Barberá en las excavaciones de Ruaya
La huida hacia adelante que materializó en cuanto a financiación de la actividad arqueológica la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (LPCV) (Ley 4/98), haciendo recaer la onerosa carga monetaria de las excavaciones urbanas en particular, y las sobrevenidas estos últimos años como derivada de los procesos de masiva urbanización del territorio en general, sobre las anchas espaldas de la ambigua figura legal del promotor, convertido en la gallina de los huevos de oro del sector, ciertamente con su propia anuencia como administrador interesado de un impuesto finalista de facto recayente en última instancia sobre las hipotecadas economías de los compradores particulares de bienes inmuebles, ya fueran estos apartamentos o plazas de garaje, concebidos a la sazón en muchos casos como auténticos activos financieros más que como meros bienes de uso, parece diez años más tarde comenzar a mostrar los primeros síntomas de agotamiento de este ingenioso sistema económico, ahora que la desaceleración del sector del ladrillo parece introducir arena en los hasta el momento bien lubricados engranajes del mismo. A modo de ejemplo paradigmático, baste recordar la reciente intervención arqueológica en las obras de construcción del aparcamiento subterráneo de la calle Ruaya, protagonista del último de los paroxismos mediáticos en torno a los más antiguos hallazgos ibéricos o púnicos anteriores a la fundación romana de la urbe (138 a.C) (Levante-EMV, 13-12-08). «Antes de Valentía» como enfatizaba certeramente la portada del número 29 de la revista del grupo Ismos del mismo notísimo nombre.

Excavaciones en las que por vez primera en esta década prodigiosa se ha consumado la sonada defección económica de la mercantil promovedora del mencionado parking, contratista a riesgo y ventura, en las que previamente ya había adelantado 500.000 euros, negándose a la postre a pechar, en una coyuntura de crisis inmobiliaria generalizada, con el millón de euros estimado como coste último de las mismas, lo que ha conllevado una ostensible paralización de más de tres meses hasta el momento, literal y crudamente por «un problema de dinero» (Levante-EMV, 14-05-08), ante la inviabilidad de repercutir el «impuesto arqueológico» en los precios de venta de las 431 plazas de aparcamiento previstas, otorgando sin complejos patente de corso al desahogado recurso a los caudales del erario público, con el objeto confeso de «evitar que las futuras plazas de aparcamiento se sobrevaloren y lo que antes le iba a costar 15.000 euros al ciudadano, suba a 30.000 euros después de que la empresa añada el sobrecoste de las excavaciones» (sic), obviando en apariencia, no sin cierto desparpajo, al igual que el ayuntamiento de Llíria que ha destinado 240.000 euros para las prospecciones de unas termas romanas del colegio Sant Vicent en la partida de Mura, las taxativas prescripciones legales del artículo 62.2 de la arriba citada LPCV «la Conselleria competente en materia de cultura? determinará la necesidad o no de una actuación arqueológica o paleontológica previa a cargo del promotor».

Panorama económico-patrimonial estrafalario, muy distinto del modelo francés donde según el senador galo Jacques Legendre «las corporaciones locales se enfrentan a graves dificultades cuando deben realizarse importantes excavaciones arqueológicas y no es posible encontrar operadores estatales, como el Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas (Inrap), capaces de ejecutar esas excavaciones en un plazo máximo de seis meses» y que en nuestro caso, no deja de rechinar de un modo anormal ante las escuetas partidas presupuestarias del superviviente convenio para la realización de Excavaciones Arqueológicas en la Ciudad de Valencia, dotado apenas con 112.000 euros, los exiguos 12.000 euros del Ministerio de Cultura para la expedición valenciana en Pompeya de marras o las anuales ayudas ordinarias para actuaciones arqueológicas y paleontológicas concedidas por la conselleria del ramo, que reglamentariamente en ningún caso pueden superar los ralos 15.000 euros de subsidio por intervención, elevándose en su conjunto a la modesta cifra de 200.000 euros para toda la Comunidad Valenciana.

Por más que, a pesar de algún titular de la prensa local en 2001 del estilo «Los promotores exigen a Cultura que pague las excavaciones», en las tierras valencianas todavía no se han materializado esperpentos como el protagonizado hace cinco años por la gallega Asociación Provincial de Empresarios de la Construcción (APEC) reclamando a la Xunta de Manuel Fraga, en cumplimiento de sendas sentencias judiciales, el pago del cien por ciento de los costes devengados por las excavaciones arqueológicas, por mor de una apoteósica diversidad normativa autonómica.

lunes, 2 de julio de 2012

ORDENACIÓN DEL TERRITORIO Y ARQUEOLOGÍA PREVENTIVA

Presentamos un libro que se nos antoja indispensable y que aparecerá a lo largo de este mes de julio según informa territorial.fr, el portal francés de los profesionales del territorio. 

Aménagement du territoire et archéologie préventive, es una obra colectiva que pretende ser una herramienta de apoyo a las decisiones sobre la ordenación del territorio, que permitirá integrar el parámetro "arqueología preventiva" a los promotores en sus políticas y estrategias de gestión , guiando, paso a paso, sus gestiones.

Las exigencias de desarrollo local se traducen a diario en la expansión de las zonas urbanas, polígonos de actividades, o infraestructuras... Estas planificaciones tienen un impacto directo en los restos arqueológicos cuya protección se rige por las normas recogidas en el Código del Patrimonio.
La arqueología es vivida cotidianamente por los promotores y planificadores como un inconveniente que causa costos adicionales y retrasos en los trabajos. La legislación es a menudo desconocida o difícil de entender. La arqueología preventiva es una disciplina que ha sido creada para actuar previamente y, por lo tanto, para conciliar la ordenación del territorio y la conservación del patrimonio.

¿Cómo iniciar un diagnóstico arqueológico? ¿Qué ordenaciones son concernidas? ¿Qué financiación? ¿Cómo calcular la RAP, (Tasa de la Arqueología Preventiva)? ¿Qué compromisos son vinculantes para el ordenador del territorio y para el promotor de las excavaciones? ¿Cuáles son los textos jurídicos de referencia? 

Los agentes de la ordenación del territorio encontrarán respuestas concretas a todas las cuestiones relativas a la arqueología en este resumen de documentación técnica.

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL PATRIMONIO ECLESIÁSTICO… ¿ES SAGRADO?

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, sábado 5 de noviembre de 2011
Iglesia de St. Miquel de Morella


La doble entrega de un reciente artículo aparecido en la web canadiense francófona CapAcadie.com "Le patrimoine religieux, c´est sacré!” de Serge Comeau, nos ha abocado ineluctablemente, a la tesitura intelectual de fijar el campo de visura analítica sobre el patrimonio histórico eclesiástico, cuando aún se vive la resaca emocional de la gran “rave” devota de la JMJ de Madrid. 

En esencia, vendría a sostener el católico autor que existe una responsabilidad colectiva en lo que se refiere al patrimonio de San Pedro, en la medida en que ha contribuido a lo largo de los siglos a la constitución de identidades nacionales e incluso a la formación de paisajes culturales específicos. Así una iglesia sería además que un lugar de culto, un testimonio de la historia particular de un territorio dado. Valores a los que se añadirían en muchos de estos edificios confesionales otros de carácter social, cultural o comunitario. 

Por todo ello en una búsqueda común de soluciones, Comeau propone aceptar eventualmente la reconversión de los templos vacíos o excedentarios, o lo que es lo mismo, que un lugar de culto pueda tener nuevos usos y funciones. En otras palabras una nueva (ad)vocación e incluso unos nuevos propietarios, juzgando que ese es el precio que hay que pagar por la preservación de este tipo de patrimonio religioso, al encontrar imposible pedir a la Iglesia conservar todo aquello que ya no le es necesario para cumplir su misión pastoral, dado que existe un excedente de infraestructuras en relación con las necesidades actuales de sus acólitos en franca decadencia demoscópica. 

... y donde antes curaban almas, ahora se curan los cuerpos!
Así pues, con el fin confeso de lograr la pervivencia futura del patrimonio religioso cristiano, aconseja este arbitrista que algunos edificios hayan de ser restaurados para servir a nuevos fines culturales, mientras otra parte de ellos podría ser destinada a nuevas vocaciones públicas, tales como la de biblioteca en Edmundston (New Brunswick), o la reciclada catedral presbiteriana de Edimburgo (Escocia), aducida recientemente como modelo de sostenibilidad por el sociólogo José Manuel Iribas. En nuestras tierras, podríamos reivindicar el centro de salud  acomodado en los años ochenta por el arquitecto Francisco Merino en la antigua iglesia de Sant Miquel de Morella

Planteamiento genérico del estado de la cuestión que los firmantes, salvo asuntos nimios de detalle, compartimos en cuanto a la esencia y las consecuencias que pueden derivarse del mismo. Si la Iglesia Católica no puede hacerse cargo del oneroso sostenimiento pecuniario universal de un patrimonio histórico que es de todos, entre otras causas porque en palabras de Laureano Robles “el declive de la Iglesia se ha producido por su gran pobreza intelectual” (Levante-EMV, 4-12-1998), ¿por qué no asumir su propiedad entre todos? Ahora bien, como contrapartida la Iglesia debe usar nuevos espacios cultuales con aforos redimensionados, lo que por otra parte ya viene haciendo en rehabilitaciones arquitectónicas del patrimonio industrial, como en el caso de la iglesia de los Santos Mártires ubicada en la antigua nave de la Cros de Valencia (Levante-EMV, 1-11-2010). 

En realidad se podría “traducir” esta tesis patrimonial como una “Nueva Desamortización Cívica” del patrimonio inmueble eclesial obsoleto, a cambio de inéditos ámbitos recuperados e innovadoras construcciones modernas para la menguante feligresía del siglo XXI. 

Por el contrario, entre nosotros, al margen del amago de polémica valenciana en torno a la financieramente ruinosa Fundación La Luz de las Imágenes, sostenida entre el ex director general de patrimonio Enric Cuñat (“La Luz que ciega”. Levante-EMV, 13-02-2011) y la periodista gerente de la misma Carmen D. Quintero (“La Luz es transparente”. Levante-EMV, 15-02-2011), los obispos españoles por esas mismas fechas caniculares, seguían enrocados en el postulado conservador de que “Sí los edificios pasan a otras manos no hay garantías de que se sigan destinando al uso para el que fueron creados…” 

Argumentario reaccionario que al amparo de los artículos 206 y 304 de la Ley y Reglamento Hipotecario alienta en sentido bien opuesto al aquí propugnado, un activo programa episcopal de inmatriculaciones sobre todo tipo de construcciones de dudosa propiedad catastral, publicitado el pasado mes de julio por la prensa nacional, reproduciendo una secular estrategia urbanística de los ecónomos diocesanos, beneficiaria de los sucesivos desarrollos y ensanches contemporáneos de nuestras urbes, de una Iglesia erigida, no sobre la piedra que fue el pescador Simón Pedro, sino sobre el consagrado dogma de la plusvalía inmobiliaria.

domingo, 1 de agosto de 2010

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO (II)

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 1 de agosto de 2010

Una de las razones que pueden explicar la desconexión entre la reciente muestra divulgativa "El tribunal de las Aguas de Valencia. 1050 años de justicia de la Huerta de Valencia" y los conocimientos históricos probados, puesta en solfa en una primera entrega periodística nuestra sin réplica conocida (Levante-EMV, 15-6-10), reside en la disociación total entre las políticas públicas y la investigación académica, tal como hemos venido reiterando en numerosos artículos como "Los nuevos usos de l´Horta o la Resurrección de Lázaro" (Levante-EMV, 8-4-06).

Así pues, en esta prometida continuación hemos aprovechado para centrarnos en revisitar conceptos tales como el de que la Huerta es un paisaje agrario, y los paisajes, tan de moda hoy con dirección general propia patroneada por Arantxa Muñoz, son objeto de una acción territorial realizada fundamentalmente con criterios de urbanistas, arquitectos, paisajistas... cuya visión de los mismos solamente es dinámica en un sentido unívoco: desde el presente hacia el futuro. Desde el momento mismo en que nuestra eco-depredadora civilización post-industrial interviene para "ordenar" donde antes solo había aparente desorden.

En este sentido, ya hemos propuesto que se hace imprescindible determinar el papel morfogenético que ejercen los paisajes, de manera que se puedan determinar los casos en que la finalidad y forma de la ordenación del territorio podría ser dictada por los estadios antiguos del paisaje (Más allá del concepto de sostenibilidad, el de resiliencia..., Levante-EMV 12-3-06). Si queremos entender la forma en que las sociedades del pasado actuaron y las del mañana actuarán en el territorio, debemos reflexionar sobre la resiliencia (sostenibilidad) de las elecciones que se tomaron en el pretérito y la capacidad de una estructura paisajística para absorber impactos, pero también, en cuanto a la capacidad de aprovecharlos, participando, desde ese instante, en la propia historia de estos constructos espacio-temporales.

Todo ello nos conduce al fallo imperdonable, enquistado en la vigente legislación patrimonial (LPCV, Ley 4/1998), de no considerar los Paisajes Históricos como tales y consecuente con la inexistencia de una verdadera política integral de ordenamiento del país que tome en consideración las estructuras de suelos cronológicamente datados, porque no otra cosa que históricos son la mayoría de nuestros paisajes.

De aquellos polvos estos lodos y consecuentemente, cuando se lee en el Plan de Acción Territorial de Protección de la Huerta (PAT), las consideraciones históricas sobre la misma, es cuando encontramos la confirmación del dispendio del dinero del contribuyente en la financiación y edición de estudios históricos que no tienen la suficiente repercusión pública.

Así es posible observar en dicho PAT que desde la época islámica existió un equilibro entre la ciudad y la huerta, inalterable hasta el siglo XIX, como si la huerta irrigada, una vez lograda su configuración clásica, se hubiera mantenido en lo sustancial sin cambios hasta la llegada de la industrialización. El argumento histórico es subalterno pues. Una foto fija proyectada sobre el decurso temporal. Imagen por consiguiente tan fosilizada como la que cada jueves nos muestra unos venerables síndicos de las acequias de la Vega reunidos litúrgicamente para dirimir sobre ningún pleito, como consecuencia de la reducción de la extensión de la red de canales de riego de más de 300 km a menos de 50 km en las últimas décadas. Circunstancia sobre la que no conviene olvidar la advertencia de Thomas Glick: "Cuando desaparezcan los regantes se acabará el Tribunal de las Aguas" (Levante-EMV, 14-06-10).

Ello supone que para evitar la definitiva extinción de la Huerta los agricultores deberían ser remunerados "por los servicios ambientales prestados" o en su defecto que los habitantes de la ciudad deberían asumir una tasa pro-conservación de una huerta tan próxima, y que lo recaudado incidiera en la mejora de las magras rentas de nuestros labradores. Porque, in fine, nadie cree que pueda salir adelante este Plan de Acción Territorial, la novedosa política sobre el paisaje y el discurso radical por momentos, nace sin presupuesto (Levante-EMV 28-5-09). Confiando la dirección general del ramo el éxito de dicho Plan a la contingente implicación de agentes privados y de los ayuntamientos concernidos al albur del obsecuente argumento, sin más, de que el futuro pasa por optar por la viabilidad de una Huerta sostenible (Levante-EMV 29-6-08), sin agotar las posibilidades de las herramientas jurídicas que el legislador tiene en su haber para desarrollarlo. Obviando que la voracidad de la naturaleza es tan antigua como la aparición de las ciudades en el medioevo tardío y la consiguiente pérdida del lazo simbiótico del hombre con su medio ambiente, que conducirá a la tematización del paisaje como inquietud a tenor de las tesis de Michael Jakob (Le paysage, París, 2008).

Por último, para concluir esta filípica sobre la anunciada muerte de la Huerta de Valencia, no podemos dejar de consignar un pequeño atisbo de esperanza, a pesar de los posicionamientos públicos del actual responsable del urbanismo de la ciudad de Valencia contrarios a una Huerta "cultivada por funcionarios", en las prometedoras iniciativas de adquisición pública de suelo en los denominados "huertos urbanos", de gestión directa o indirecta, en el controvertido proyecto de Sociópolis y en el entorno del antiguo monasterio de San Miguel de los Reyes.

Tercer artículo más votado del día 1 de agosto por los lectores de Levante-EMV!!!

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