Ver mapa más grande), En realidad la excavación del Herodio se encuentra a 6 km al sureste de Belén, en Cisjordania, zona administrada por Israel desde la guerra de los Seis Días (1967), cuando fue ocupada por el ejército israelí, y motivo de conflicto entre este estado y la Autoridad Nacional Palestina. Las excavaciones del Herodio empiezan tan sólo unos años después (1972) de la anexión bélica de este territorio, dirigidas por Ehud Netzer, un arqueólogo especializado en “yacimientos y artefactos” de los territorios ocupados por Israel según se afirmaba en la versión inglesa de Wikipedia de 2007.
domingo, 30 de enero de 2011
LA TUMBA DE HERODES, EL SANTO GRIAL Y EL ARCA DE LA ALIANZA
Ver mapa más grande), En realidad la excavación del Herodio se encuentra a 6 km al sureste de Belén, en Cisjordania, zona administrada por Israel desde la guerra de los Seis Días (1967), cuando fue ocupada por el ejército israelí, y motivo de conflicto entre este estado y la Autoridad Nacional Palestina. Las excavaciones del Herodio empiezan tan sólo unos años después (1972) de la anexión bélica de este territorio, dirigidas por Ehud Netzer, un arqueólogo especializado en “yacimientos y artefactos” de los territorios ocupados por Israel según se afirmaba en la versión inglesa de Wikipedia de 2007.
miércoles, 27 de enero de 2010
EL PALACIO REAL Y LA ARQUEOLOGÍA... ¿HAY ALGUIEN AHÍ?
Así las cosas, el hecho mediático de la plasmación en recientes titulares periodísticos de un supuesto encargo de un proyecto en dos fases para excavar los míticos despojos del Palau Reial, podría ser la prueba del nueve de que los responsables de la cultura de nuestra comunidad no saben qué hacer con los servicios municipales de arqueología extendidos por su alargada geografía.
Diríase que no existen problemas en el día a día de la gestión del subsuelo arqueológico de nuestras urbes: ¿cuántas excavaciones sufragadas por el erario público han visto la luz en forma de publicación académica?; ¿cuántas síntesis sobre las diferentes etapas culturales de las mismas?; ¿cuántos proyectos de arqueología preventiva? o ¿para cuándo la implantación de sistemas de información geográfica (SIG) informáticos como herramientas de administración arqueológica de las ciudades?
Pero sobre todo, ¿cuántos recursos económicos invertidos y cuánta información extraída de sus entrañas?... y que escasos resultados científicos públicos y publicados para disfrute y conocimiento de quien verdaderamente lo ha financiado: la sociedad valenciana.
Escenario infausto que ahora viene a consagrar precipitadamente el nuevo «Reglamento que regula la actividad arqueológica y paleontológica en la Comunitat Valenciana», exhumado de los cajones de la conselleria del ramo aprisa y corriendo por el director general de patrimonio cultural Manuel Muñoz. Normativa de inmediata aprobación por decreto del Consell, que se pretende imponer al sector y a los servicios arqueológicos municipales, fallida en su tipología de intervenciones (prospección, sondeo, excavación, etc.), apenas operativa en la praxis cotidiana de estas disciplinas y obsoleta en sus anticuados planteamientos, muy alejados de los habituales en los actuales pagos europeos.
Marco legal paradójicamente involutivo, que nace obsoleto si se coteja con la redacción original del artículo 58.6 de la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98): «A los efectos de la presente Ley, se entiende por servicios municipales de arqueología aquellos departamentos o instituciones municipales, con arqueólogos titulados, encargados de la ejecución y supervisión técnica de las intervenciones arqueológicas que se lleven a cabo en su término municipal». Departamentos técnicos que ahora quedan descafeinados en la propuesta de nuevo reglamento y reducidos únicamente a «dirigir y ejecutar las actuaciones arqueológicas promovidas por el Ayuntamiento».
Estos servicios municipales, ya desprovistos de mayores cometidos en la gestión integral de la arqueología urbana, no parecen proporcionar respuestas eficientes a las necesidades del actual urbanismo de nuestras ciudades, encontrándose limitados e impotentes para redactar con nitidez los objetivos mínimos de un plan director que abriera el foco sobre las grandes infraestructuras o los paisajes históricos como l'Horta. Si se quiere, podrían estar avocados a evolucionar en el mejor de los casos hacia una incierta y utópica metamorfosis en centros de documentación e investigación o, a lo sumo, a la dirección y desarrollo de proyectos culturales singulares, capaces de incentivar el interés colectivo de la ciudadanía sobre los rasgos identitarios más privativos de su legado patrimonial.
A modo de corolario, aviso de navegantes y aprendices de arqueólogo, en lo concerniente a los posibles descubrimientos arqueológicos entre los venerables sedimentos de la Muntanyeta d'Elío, nadie espere encontrar una nueva Pompeya bajo Valencia. Por consiguiente, baste recordar las palabras de Alberto Tomás Cebriá allá por agosto de 1987, olvidado integrante del primigenio servicio de arqueología municipal (SIAM) del malogrado Don José Llorca, en el sentido de que allí se encontrarían «azulejos, columnas, restos de estatuas, etc». Rememorando además que «al plantar un árbol, se encontró una gran cabeza de mármol» (sic).
Coligiéndose, en todo caso, que dada la enorme superficie, no inferior a los 4.500 metros cuadrados, ocupada por el recinto palaciego bajo Viveros, los conocimientos sobre el monumental edificio obtenidos en la década de los ochenta del pasado siglo XX, por más que se ahonde en su estudio, podrían no ser mecánicamente extrapolables a las características materiales, constructivas y evolutivas de las restantes fachadas, crujías y patios de este magnífico complejo áulico, señero en la historia del arte valenciano.
domingo, 24 de enero de 2010
SÍSIFO O LA CONTRARREFORMA DE LA LEY DEL PATRIMONIO CULTURAL VALENCIANO
Ricardo González Villaescusa
EL RETORNO DE POMPEYA COMO PARADIGMA PATRIMONIAL
Josep Vicent Lerma
Levante-EMV, 1 de julio de 2007
“Las excavaciones parecen encontrar su justificación en el mero hecho de producirse, sin que tenga importancia el objetivo finalista que deberían perseguir”.
I. Rodríguez Temiño. El expolio del patrimonio: la arqueología herida. Simposio del “Ayer para el Mañana”. Ávila, 2003.
Después del sonoro oxímoron de A. Ribera sobre la Almoina, publicado en estas mismas páginas de Levante-EMV (21-06-07), parafraseando el título de la célebre serie británica de los años ochenta que narraba las peripecias de la familia Bellamy “Arriba y Abajo” (Upstairs, Downstairs), nos ha parecido oportuno compartir con los lectores una reflexión pública sobre el Patrimonio Histórico valenciano en general y el Arqueológico en particular, en el actual paisaje para después de la última batalla electoral.
En los próximos parágrafos intentaremos demostrar que en realidad no han existido auténticas políticas patrimoniales de la Conselleria del ramo, sino un dirigismo cultural genérico, si por tales entendemos una serie de acciones que tiendan a favorecer el acceso de la mayoría social a los denominados bienes culturales, fomentando, al mismo tiempo, valores democráticos que vayan mas allá de las meras cifras que demuestran que tal o cual acción ha tenido éxito. La cultura y el patrimonio son, pues, el más claro exponente de las políticas keynesianas en las que el Estado debe estar presente allí donde no llega el mercado.
La propia definición de Patrimonio tiene un profundo enraizamiento en el propio capitalismo: “el valor de las cosas que se transmiten”. Tanto es así que existe un cuestionado impuesto sobre transmisiones hereditarias y que, inconcebiblemente, nuestra derecha local es capaz de pretender eliminar, como el recién elegido Sarkozy, cuando los empresarios franceses o norteamericanos han firmado sendos manifiestos en que defienden la exacción impositiva de las transmisiones hereditarias, lo que fomenta el concepto del trabajo calvinista como fuente de riqueza. La transmisión no impositiva de caudales y haciendas ya fue poco comprendida por los primeros Ilustrados del Antiguo Régimen, que veían con malos ojos las herencias y privilegios no procedentes del trabajo personal.
¿Y todo ello qué tiene que ver con el Patrimonio Histórico y las políticas culturales de nuestra Comunidad? La actual concepción del Patrimonio es una idea esclerotizada, falta toda una reflexión institucional sobre el hecho de que somos todos nosotros, los que creamos día a día el Patrimonio. Es preciso practicar políticas activas de “patrimonialización” tal y como las define A. Micaud, es decir, aquella “actividad social consistente en crear cualquier cosa que toma nombre y valor de patrimonio”.
De hecho, en su viejo programa de 2003, los populares valencianos afirmaban que habían aprobado diversas leyes desde 1995, entre 1998 y 1999, que concernían al Patrimonio Cultural y la Conservación y Restauración de Bienes Culturales. El ejemplo del Patrimonio viene a demostrar que los anteriores legislativos no tenían claro qué hacer con esos códigos leguleyos, pues desde entonces se han aprobado dos modificaciones más de la misma Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98) sin que se haya siquiera aprobado el Reglamento de Actividades Arqueológicas o hecho cumplir algunos aspectos fundamentales de la misma ley como la elaboración del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos.
Si, además, prestamos atención a ambas modificaciones, se trata de dos flagrantes evidencias de que si la realidad venal no es acorde con las leyes... hay que cambiar la ley. La primera modificación tenía como intención ganar en sede parlamentaria la batalla perdida en la calle o en los tribunales para acomodarla a las intenciones de urbanizar el antiguo barrio modernista del Cabanyal. La segunda, dar cobertura legal a un exceso reconstructor con la intención de crear casi “ex novo” un monasterio, el de Santa María de la Valldigna con algunos pocos elementos originales. Una impostura identitaria de “nacionalismo de alpargata”. Igualmente se ha perdido la lucha sobre la protección de la Huerta de Valencia al rechazar en dicho parlamento la Iniciativa Popular de protección de la misma, contraviniendo el espíritu de participación de la sociedad civil, previsto por el Reglamento de Paisaje de la Comunidad Valenciana.
Del mismo modo, la avocación de las competencias de los antiguos servicios municipales de arqueología por la Generalitat los ha dejado sin objetivos ni sentido operativo. Si ha de ser así, esos servicios sin cometidos claros pueden dejar de existir con una mínima dignidad y sin necesidad de sustitutivos proyectos arqueológicos de relumbrón en países extranjeros -ahora que R. Polanski ha decidido rodar aquí su “Pompeya”-, que la gestión real no se verá gravemente afectada por ello, son demasiado onerosos para los parcos resultados como instrumentos de gestión urbana que proporcionan a sus urbes. Puesto que en definitiva se trata de un problema de gestión y no tanto de investigación.
Por consiguiente, se trataría de pergeñar toda una nueva filosofía de gestión pública del Patrimonio Histórico valenciano.