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domingo, 30 de enero de 2011

LA TUMBA DE HERODES, EL SANTO GRIAL Y EL ARCA DE LA ALIANZA

Ricardo González Villaescusa

Noticia aparecida en Noticias de Ciencia y Tecnología de Apuntes de Ciencia y Tecnología nº 23, Junio 2007, pp. 21-23.

Todos los ingredientes para un buen guión de una película de acción, paisajes exóticos y espías de Hollywood se concitan en la noticia aparecida en la prensa sobre el descubrimiento de la tumba de Herodes. Vaya por delante que esta noticia no llega a la prensa como otras de carácter científico. Normalmente la publicación científica precede a las notas y a las ruedas de prensa. En esta ocasión, salvo error de este redactor, los argumentos científicos no aparecen en ninguna publicación previa. La noticia salta a los medios, lo advertimos desde ya, con claros visos de ser una manipulación al servicio de la geopolítica de una zona caliente del planeta.

Vaya por delante que no compartimos la visión de una arqueología del acontecimiento que vendría a ilustrar los datos referidos por los documentos escritos. Por otro lado, encontrar la sepultura de un rey no deja de ser una realidad de entidad menor que aporta poco conocimiento útil sobre las sociedades del pasado. En otras ocasiones se encontraron sepulturas como la de Filipo de Macedonia que, a pesar de la magnificencia de los restos hallados, para algunos autores todavía no ha podido confirmarse la identidad de Filipo II padre de Alejandro Magno, con los vestigios encontrados en la sepultura.

Los datos


A juzgar por la rueda de prensa dada por Ehud Netzer el director de las excavaciones llevadas a cabo en el Herodio (supuesto palacio mandado construir por Herodes), así como las numerosas noticias recogidas por los diarios en internet, la identificación de la real tumba se basa en haber encontrado un sarcófago que es  excepcional En la traducción de la rueda de prensa se afirma “Comenzamos a entender que nos estábamos acercando a nuestra meta cuando encontramos las primeras piezas del sarcófago, dos de las cuales están  aquí. Éste es, puedo decir, un sarcófago monumental. Hay sólo uno o dos de su tipo encontrados hasta ahora. No cualquier judío rico o cualquier ciudadano de aquel tiempo podía tener uno para sí. Es de verdad uno de la realeza.” Lo que le permite concluir a Netzer en otros medios de comunicación: “No tengo dudas. Lo que encontramos es la tumba de Herodes”

No queremos negar que sea un sarcófago a juzgar por lo que se ve en las imágenes, que probablemente lo sea, pero aún admitiendo que haya sólo unos pocos ejemplares de estas características, no existen más indicios que puedan confirmar la identidad del propietario y menos que pueda ser el que albergó los restos del último rey de los Judíos. En otros medios que reproducen esta noticia se afirma que la sepultura habría sufrido su destrucción por alguien “que quería romper todo vestigio de su recuerdo” en alusión a que fue un rey impuesto por Roma, poco querido por los judíos de su época por ser considerado un traidor. La fragmentación ayudaría a su identificación. Cabe señalar que los restos arqueológicos suelen encontrarse fragmentados y que no siempre se pueden identificar las fracturas con destrucciones voluntarias. Esta circunstancia también debe ser demostrada por el análisis del registro arqueológico y la noticia no da los elementos de la demostración.

A partir de ese momento el arqueólogo hace entrar en la argumentación los textos del historiador Flavio Josefo en La guerra de los judíos (I, XXXIII, 9) cuando se describe el cortejo fúnebre que precedió al entierro del monarca y cuya traducción española del original en griego dice lo siguiente: “Leído el testamento, levantaron todos grandes voces, dando el parabién a Arquelao, y ellos y el pueblo todo, discurriendo por todas partes, rogaban a Dios que les diese paz, y ellos de su parte también la prometían. De aquí partieron a poner diligencia en la sepultura del rey; celebróla Arquelao tan honradamente como le fue posible; mostró toda su pompa en honrar el enterramiento, y toda su riqueza; porque habíanlo puesto en una cama de oro toda labrada con perlas y piedras preciosas; el estrado guarnecido de púrpura; el cuerpo venía también vestido de púrpura o grana; traía una corona en la cabeza, un cetro real en la mano derecha; alrededor de la cama estaban los hijos y los parientes; después, todos los de su guarda; un escuadrón de gente de Tracia, de alemanes y francos, todos armados y en orden de guerra, iban delante; todos los otros soldados seguían a sus capitanes después muy convenientemente. Quinientos esclavos y libertos traían olores; y así fue llevado el cuerpo camino de doscientos estadios al castillo llamado Herodio [las cursivas son nuestras] y allí fue sepultado, según él mismo había mandado. Este fue el fin de la vida y hechos del rey Herodes”.

Sin embargo, si acudimos a una traducción crítica francesa, también disponible en la red, se puede leer una nota relativa a los doscientos estadios (el estadio es una unidad de medida griega de unos 185 m de distancia) que dice que, según el manuscrito, copia del original, que sea utilizado, se puede leer setenta estadios (13 km) u ocho estadios (1,5 km). Mientras, el Herodio según aparece en el mismo manuscrito líneas más arriba (I, XXI, 10) se encontraba a sesenta estadios de Jerusalén (unos 11,1 km, que coinciden con el yacimiento excavado por Netzer), pero… que el cortejo fúnebre de Herodes partió de Jericó. En otras palabras, no existe una distancia unívoca que una lectura crítica de los textos permita afirmar dónde fue inhumado Herodes. Por añadidura, es más que probable que, siendo descrito el palacio en el texto del historiador Flavio Josefo ["Habiéndose, pues, acordado de la gloria y honra de sus parientes y amigos, no quiso olvidarse de sí mismo, antes quiso que un castillo que está delante de un monte, por el costado de Arabia, muy fuerte y muy guarnecido, se llamase Herodio, según su nombre. Y un edificio que estaba sesenta estadios de Jerusalén…"], si hubiera sido enterrado allí, el historiador lo habría denominado como Herodio y no por una medida de distancia desde Jericó.

¿Dónde?

(
Ver mapa más grande), 
En realidad la excavación del Herodio se encuentra a 6 km al sureste de Belén, en Cisjordania, zona administrada por Israel desde la guerra de los Seis Días (1967), cuando fue ocupada por el ejército israelí, y motivo de conflicto entre este estado y la Autoridad Nacional Palestina. Las excavaciones del Herodio empiezan tan sólo unos años después (1972) de la anexión bélica de este territorio, dirigidas por Ehud Netzer, un arqueólogo especializado en “yacimientos y artefactos” de los territorios ocupados por Israel según se afirmaba en la versión inglesa de Wikipedia de 2007.

A mediados de los años sesenta codirigió junto a Yigael Yadin las excavaciones de Masada, la ciudad emblemática de la resistencia judía a Roma (nuestra Numancia o la Alesia de los franceses), que fueron financiadas por los grandes capitales judíos y la participación de cientos de voluntarios de todo el mundo. El sitio es el símbolo del inicio de la diáspora, que habría finalizado con la creación del estado de Israel en 1948, y el lugar donde las tropas israelíes juran lealtad al estado de Israel.

Ubicación (punto rojo) de la excavación del Herodio donde se ha encontrado el supuesto sarcófago de Herodes sobre un mapa de Cisjordania de Wikipedia. En verde oscuro se señala las zonas administradas por la Autoridad Palestina, en verde claro las administradas por Israel.

¿Cuándo surge la noticia?

Ocho días después de la publicación del informe Winograd. Las conclusiones provisionales de la comisión de investigación sobre la llamada Segunda guerra del Líbano que acabarán forzando la dimisión, tarde o temprano, del primer ministro de Israel Ehud Olmert, al ser demoledoras con éste, el ministro de Defensa, Amir Peretz, y el que fuera jefe de las Fuerzas Armadas durante el conflicto, el general Dan Halutz

A ello hay que añadir los innecesarios esfuerzos del arqueólogo Ehud Netzer, realizados en sus comparecencias para restaurar la imagen de Herodes, al recordar que pudo no haber protagonizado la matanza de los inocentes que cuenta el Nuevo Testamento o los enormes méritos alcanzados por el rey por una gran labor edílicia (palacios e infraestructuras) para el bien de su pueblo. La labor del arqueólogo podría haber sido crítica y analítica sobre la obra y la función de Herodes al frente de la sociedad judía frente al contacto colonizador del Imperio Romano, sin necesitar entrar en una valoración ética de sus actos. Actos que, por otra parte, admitimos la posibilidad de que no cometiera, aunque sea irrelevante en términos de análisis histórico de la sociedad del momento.

La conclusión es sencilla, es muy probable que nunca veamos publicado este hallazgo en una revista científica de prestigio. Las palabras del ayudante de campo del director de las excavaciones pueden ayudarnos a entender el contexto en que surgen “Sabemos que Herodes fue el último rey de Judea y vivió en un momento crítico para el judaísmo, para el pueblo judío y también para el cristianismo…” ¿Estamos hoy en un momento crítico para el estado de Israel? ¿Son necesarias las cortinas de humo?

Todas las construcciones nacionales han hecho uso de la arqueología para legitimar la construcción del estado. Aunque unas más que otras. En la última edición de la revista La Recherche un artículo sobre una obra reciente relata el interés de los arqueólogos nazis por demostrar la “germanidad” histórica de los vestigios arqueológicos allende el Rhin y que justificarían las tesis pangermanistas que alimentaron la ideología del IIIer Reich y justificarían la invasión de Francia por los alemanes. Ello daría lugar a las extrañas arqueologías del IIIer Reich buscando reliquias como el Arca de la Alianza, o el Santo Grial de las que se da una paródica imagen en la primera y tercera entregas de la saga de Indiana Jones…

Nada nuevo bajo el sol.

Bibliografía
J.P. Legendre, L. Olivier, B. Schnitzler, Des archéologues nazis en France occupée, La Recherche, Junio 2007, núm. 409, 54-57.
J.P. Legendre, L. Olivier, B. Schnitzler (dirs.), L'archéologie nazie en Europe de l'Ouest, In Folio, 2007.

miércoles, 27 de enero de 2010

EL PALACIO REAL Y LA ARQUEOLOGÍA... ¿HAY ALGUIEN AHÍ?

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 15 de enero de 2007

Si como sugiere recientemente Julio Monreal «Veinte años (del Real) no son nada» (Levante-EMV, 11-11-06), vacunando con dosis de lucidez a los lectores desprevenidos de cualquier delirio reconstructor, plano en mano del Centre Historique des Archives Nationales (CHAN) franceses, de la demolida residencia de los soberanos de la Corona de Aragón. Asimismo, no es menos cierto tal como ya titulaba Pedro Muelas en una de sus afiladas ortigas del año 2005 que «Aquello sí que fue una falla» en clara alusión al devastador expolio de los elementos más valiosos de esta vetusta mansión palatina. Remachando el clavo con la denuncia de la falsa y manida dialéctica Almoina versus El Real: «Con el guión de acabar primero de estudiar los restos de la Almoina y luego volver al palacio han pasado ya tres mandatos de gobierno».
En este orden de cosas y abierta la caja de Pandora, por unas pesquisas parangonables con las del novelesco profesor de Harvard, Robert Langdon/Tom Hanks del Código Da Vinci, las ruinas del Palacio Real de Valencia han devenido a su pesar en un síntoma del depauperado estado de quiebra técnica y desballestamiento intelectual del actual modelo, si es que tal cosa existe, de una arqueología urbana valenciana, de gestión autonómica centralizada y financiación a expensas de los promotores privados.

Así las cosas, el hecho mediático de la plasmación en recientes titulares periodísticos de un supuesto encargo de un proyecto en dos fases para excavar los míticos despojos del Palau Reial, podría ser la prueba del nueve de que los responsables de la cultura de nuestra comunidad no saben qué hacer con los servicios municipales de arqueología extendidos por su alargada geografía.

Diríase que no existen problemas en el día a día de la gestión del subsuelo arqueológico de nuestras urbes: ¿cuántas excavaciones sufragadas por el erario público han visto la luz en forma de publicación académica?; ¿cuántas síntesis sobre las diferentes etapas culturales de las mismas?; ¿cuántos proyectos de arqueología preventiva? o ¿para cuándo la implantación de sistemas de información geográfica (SIG) informáticos como herramientas de administración arqueológica de las ciudades?

Pero sobre todo, ¿cuántos recursos económicos invertidos y cuánta información extraída de sus entrañas?... y que escasos resultados científicos públicos y publicados para disfrute y conocimiento de quien verdaderamente lo ha financiado: la sociedad valenciana.

Escenario infausto que ahora viene a consagrar precipitadamente el nuevo «Reglamento que regula la actividad arqueológica y paleontológica en la Comunitat Valenciana», exhumado de los cajones de la conselleria del ramo aprisa y corriendo por el director general de patrimonio cultural Manuel Muñoz. Normativa de inmediata aprobación por decreto del Consell, que se pretende imponer al sector y a los servicios arqueológicos municipales, fallida en su tipología de intervenciones (prospección, sondeo, excavación, etc.), apenas operativa en la praxis cotidiana de estas disciplinas y obsoleta en sus anticuados planteamientos, muy alejados de los habituales en los actuales pagos europeos.

Marco legal paradójicamente involutivo, que nace obsoleto si se coteja con la redacción original del artículo 58.6 de la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98): «A los efectos de la presente Ley, se entiende por servicios municipales de arqueología aquellos departamentos o instituciones municipales, con arqueólogos titulados, encargados de la ejecución y supervisión técnica de las intervenciones arqueológicas que se lleven a cabo en su término municipal». Departamentos técnicos que ahora quedan descafeinados en la propuesta de nuevo reglamento y reducidos únicamente a «dirigir y ejecutar las actuaciones arqueológicas promovidas por el Ayuntamiento».

Estos servicios municipales, ya desprovistos de mayores cometidos en la gestión integral de la arqueología urbana, no parecen proporcionar respuestas eficientes a las necesidades del actual urbanismo de nuestras ciudades, encontrándose limitados e impotentes para redactar con nitidez los objetivos mínimos de un plan director que abriera el foco sobre las grandes infraestructuras o los paisajes históricos como l'Horta. Si se quiere, podrían estar avocados a evolucionar en el mejor de los casos hacia una incierta y utópica metamorfosis en centros de documentación e investigación o, a lo sumo, a la dirección y desarrollo de proyectos culturales singulares, capaces de incentivar el interés colectivo de la ciudadanía sobre los rasgos identitarios más privativos de su legado patrimonial.

A modo de corolario, aviso de navegantes y aprendices de arqueólogo, en lo concerniente a los posibles descubrimientos arqueológicos entre los venerables sedimentos de la Muntanyeta d'Elío, nadie espere encontrar una nueva Pompeya bajo Valencia. Por consiguiente, baste recordar las palabras de Alberto Tomás Cebriá allá por agosto de 1987, olvidado integrante del primigenio servicio de arqueología municipal (SIAM) del malogrado Don José Llorca, en el sentido de que allí se encontrarían «azulejos, columnas, restos de estatuas, etc». Rememorando además que «al plantar un árbol, se encontró una gran cabeza de mármol» (sic).

Coligiéndose, en todo caso, que dada la enorme superficie, no inferior a los 4.500 metros cuadrados, ocupada por el recinto palaciego bajo Viveros, los conocimientos sobre el monumental edificio obtenidos en la década de los ochenta del pasado siglo XX, por más que se ahonde en su estudio, podrían no ser mecánicamente extrapolables a las características materiales, constructivas y evolutivas de las restantes fachadas, crujías y patios de este magnífico complejo áulico, señero en la historia del arte valenciano.

domingo, 24 de enero de 2010

SÍSIFO O LA CONTRARREFORMA DE LA LEY DEL PATRIMONIO CULTURAL VALENCIANO

Josep Vicent Lerma
Ricardo González Villaescusa
Levante-EMV, 25 de febrero de 2007
“Las leyes son semejantes a las telas de araña; detienen a lo débil y ligero y son deshechas por lo fuerte y poderoso”. Solón de Atenas (639-560 a.C.)
El lector avezado se desayunaba el pasado mes de abril de 2006 el sapo matutino de la redundante intención, con ribetes de “remake”, del gobierno valenciano de modificar por enésima vez, más concretamente la segunda en un mismo período legislativo (2003-2007), la Ley del Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98) (LPCV), gracias a los fundados reparos hechos públicos por el Consell Valencià de Cultura (CVC), afectando paradójicamente la nueva reforma sobre todo a artículos ya enmendados en octubre de 2004 como el 38 o el 39 (Ley 7/04). Escenario más propio del mítico Sísifo y en consonancia con lo manifestado en su día en esta mismas páginas por el fiscal del Tribunal Supremo Antonio Vercher en el sentido de que “No se pueden elaborar leyes de usar, comprar y tirar”, en claro contraste con los veintiún años de fecunda estabilidad de la estatal Ley del Patrimonio Histórico Español ((Ley 16/85).
En este orden de cosas, llama la atención la orfandad intelectual del “remiendo” legislativo ahora ya aprobado, pues si bien podría atribuirse alguna paternidad ideológica de la LPCV original a la ex Directora General de Patrimonio Carmen Pérez (1995-1999) o al actual conseller del “urbanismo sandía” E. González Pons, émulo de “El Melonar de Valensia” de Constantí Llombart, en el forzado zurcido de hace apenas dos años para dar cobertura legal al “sventramento” del Cabanyal o al por fortuna frustrado esperpento del Palacio de Congresos del Benacantil. Cambalache mediante de pactar la permisividad para intervenir en los Bienes de Interés Cultural (BIC) a cambio de salvar de la piqueta al teatro romano de Sagunt (Levante-EMV, 20-09-2003).
Los cambios jurídicos que ahora se pretende introducir relativos a la posibilidad real de efectuar reconstrucciones incluso totales de monumentos protegidos (art. 38.1.d) o la imposición del principio de armonización / adaptación de las nuevas edificaciones o rehabilitaciones con los inmuebles preexistentes (art. 39.2.i), hasta el punto de regular sus morfologías ornamentales y texturas materiales (art. 39.2.j), por mor de un obsoleto gusto historicista encaminado a convertir nuestros Centros Históricos en escenografías teatrales de puro cartón piedra -olvidando como para Adolf Loos y el movimiento moderno “el ornamento es delito”-, no parecen disfrutar de progenitura putativa alguna, más allá de la que administrativamente corresponde al conseller del ramo Alejandro Font de Mora.
Salvo que de dar gusto se trate a algún sector mediático local contrario a supuestos “pastiches” como la acristalada sede del Colegio de Abogados, obra de los arquitectos Ignacio Bosch Reig y Carlos Campos, en la valenciana plaza de Tetuán, como el representado por un gacetillero conservador que con motivo de la primera intentona popular de revisión parlamentaria, ya tildaba sin rubor el texto del 98 de “torpe ley de Patrimonio, que contrariaba su propio proyecto”.
La metamorfosis copernicana experimentada ahora en la redacción de estos sobados artículos, contrasta sobremanera con la no tan lejana en el tiempo toma de posición pública del subdirector general del estatal Instituto de Patrimonio Histórico Álvaro Martínez-Novillo, en la época de la ultramontana ministra de Cultura Pilar del Castillo, interpretando la sentencia del Tribunal Supremo sobre el teatro romano de Sagunt como un “hito legal” encaminado a desterrar las reconstrucciones y “las intervenciones miméticas o historicistas” (sic) (Levante-EMV, 26-11-2002).
No obstante a la vista del traje a medida del presente proyecto de ley, parece más plausible la hipótesis de una maniobra anticipatoria que pretenda poner la venda antes que la herida, en la osada deriva de potenciales excesos reconstructores emprendida en el Real Monasterio de la Valldigna, en semántico paralelo con la impostura identitaria porfiada a expensas de sus expoliadas piedras, o en el azulado cortile del embajador Vich del museo de Bellas Artes de Valencia, caso de que no se pretenda dar una salida airosa al lacerante anuncio de demolición de la rehabilitación de Grassi y Portaceli del mencionado teatro saguntino, que sigue escociendo al actual Consell.
Así, si el Patrimonio Cultural limita presuntamente el crecimiento económico y el desarrollo urbanístico insostenible de la Comunidad Valenciana, las leyes encargadas de su tutela se “adaptan” sin complejos a la nueva realidad sociológica e inmobiliaria, con cuantas innovaciones leguleyas sean necesarias introducir para asegurar una máxima discrecionalidad arquitectónica y administrativa de sus gestores temporales, merced el uso y abuso de todo tipo de fundaciones y demás ingenierías culturales.

EL RETORNO DE POMPEYA COMO PARADIGMA PATRIMONIAL

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 1 de julio de 2007

“Las excavaciones parecen encontrar su justificación en el mero hecho de producirse, sin que tenga importancia el objetivo finalista que deberían perseguir”.
I. Rodríguez Temiño. El expolio del patrimonio: la arqueología herida. Simposio del “Ayer para el Mañana”. Ávila, 2003.

Después del sonoro oxímoron de A. Ribera sobre la Almoina, publicado en estas mismas páginas de Levante-EMV (21-06-07), parafraseando el título de la célebre serie británica de los años ochenta que narraba las peripecias de la familia Bellamy “Arriba y Abajo” (Upstairs, Downstairs), nos ha parecido oportuno compartir con los lectores una reflexión pública sobre el Patrimonio Histórico valenciano en general y el Arqueológico en particular, en el actual paisaje para después de la última batalla electoral.

En los próximos parágrafos intentaremos demostrar que en realidad no han existido auténticas políticas patrimoniales de la Conselleria del ramo, sino un dirigismo cultural genérico, si por tales entendemos una serie de acciones que tiendan a favorecer el acceso de la mayoría social a los denominados bienes culturales, fomentando, al mismo tiempo, valores democráticos que vayan mas allá de las meras cifras que demuestran que tal o cual acción ha tenido éxito. La cultura y el patrimonio son, pues, el más claro exponente de las políticas keynesianas en las que el Estado debe estar presente allí donde no llega el mercado.

La propia definición de Patrimonio tiene un profundo enraizamiento en el propio capitalismo: “el valor de las cosas que se transmiten”. Tanto es así que existe un cuestionado impuesto sobre transmisiones hereditarias y que, inconcebiblemente, nuestra derecha local es capaz de pretender eliminar, como el recién elegido Sarkozy, cuando los empresarios franceses o norteamericanos han firmado sendos manifiestos en que defienden la exacción impositiva de las transmisiones hereditarias, lo que fomenta el concepto del trabajo calvinista como fuente de riqueza. La transmisión no impositiva de caudales y haciendas ya fue poco comprendida por los primeros Ilustrados del Antiguo Régimen, que veían con malos ojos las herencias y privilegios no procedentes del trabajo personal.

¿Y todo ello qué tiene que ver con el Patrimonio Histórico y las políticas culturales de nuestra Comunidad? La actual concepción del Patrimonio es una idea esclerotizada, falta toda una reflexión institucional sobre el hecho de que somos todos nosotros, los que creamos día a día el Patrimonio. Es preciso practicar políticas activas de “patrimonialización” tal y como las define A. Micaud, es decir, aquella “actividad social consistente en crear cualquier cosa que toma nombre y valor de patrimonio”.

De hecho, en su viejo programa de 2003, los populares valencianos afirmaban que habían aprobado diversas leyes desde 1995, entre 1998 y 1999, que concernían al Patrimonio Cultural y la Conservación y Restauración de Bienes Culturales. El ejemplo del Patrimonio viene a demostrar que los anteriores legislativos no tenían claro qué hacer con esos códigos leguleyos, pues desde entonces se han aprobado dos modificaciones más de la misma Ley de Patrimonio Cultural Valenciano (Ley 4/98) sin que se haya siquiera aprobado el Reglamento de Actividades Arqueológicas o hecho cumplir algunos aspectos fundamentales de la misma ley como la elaboración del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos.

Si, además, prestamos atención a ambas modificaciones, se trata de dos flagrantes evidencias de que si la realidad venal no es acorde con las leyes... hay que cambiar la ley. La primera modificación tenía como intención ganar en sede parlamentaria la batalla perdida en la calle o en los tribunales para acomodarla a las intenciones de urbanizar el antiguo barrio modernista del Cabanyal. La segunda, dar cobertura legal a un exceso reconstructor con la intención de crear casi “ex novo” un monasterio, el de Santa María de la Valldigna con algunos pocos elementos originales. Una impostura identitaria de “nacionalismo de alpargata”. Igualmente se ha perdido la lucha sobre la protección de la Huerta de Valencia al rechazar en dicho parlamento la Iniciativa Popular de protección de la misma, contraviniendo el espíritu de participación de la sociedad civil, previsto por el Reglamento de Paisaje de la Comunidad Valenciana.

Del mismo modo, la avocación de las competencias de los antiguos servicios municipales de arqueología por la Generalitat los ha dejado sin objetivos ni sentido operativo. Si ha de ser así, esos servicios sin cometidos claros pueden dejar de existir con una mínima dignidad y sin necesidad de sustitutivos proyectos arqueológicos de relumbrón en países extranjeros -ahora que R. Polanski ha decidido rodar aquí su “Pompeya”-, que la gestión real no se verá gravemente afectada por ello, son demasiado onerosos para los parcos resultados como instrumentos de gestión urbana que proporcionan a sus urbes. Puesto que en definitiva se trata de un problema de gestión y no tanto de investigación.

Por consiguiente, se trataría de pergeñar toda una nueva filosofía de gestión pública del Patrimonio Histórico valenciano.