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lunes, 25 de abril de 2022

FACE à FACE


À l'occasion de l’exposition Face à Face, visière d'un cavalier romain, (du 22 janvier au 9 mai 2022) le musée d'Archéologie nationale inaugure sa première série de podcast. Découvrez, chaque semaine, un épisode de la fabuleuse histoire de la visière de casque romain de Conflans-en-Jarnisy, racontée par des spécialistes et animée par des acteurs. 

Podcast produit par le musée d'Archéologie nationale - Domaine national de Saint-Germain-en-Laye, en collaboration avec les étudiants du master 2 Médiation Culturelle, Patrimoine et Numérique (Universités Paris Nanterre et Paris 8 Vincennes Saint-Denis), et avec le Service de la Documentation Nationale du Cadastre.
 
 

Épisode 1 - La découverte 

Avec : Sophie Féret, conservatrice chargée des Collections de la Gaule Romaine au musée d'Archéologie nationale, co-commissaire de l’exposition Face à Face Samuel Provost, maître de conférence HDR à l’Université de Lorraine Luc Delmas, Professeur agrégé, docteur en histoire Jean-Paul Denizon, dans le rôle de Paul Perdrizet 

Musiques : Ensemble Calliopée Remerciements : Clara Bernard, conservatrice du patrimoine co-commissaires de l'exposition Sabine Hunold, directrice culture communication, mairie de Conflans en Jarnisy 

Podcast produit par le musée d'Archéologie nationale, en collaboration avec le SDNC (Service de la Documentation Nationale du Cadastre) et les étudiants du Master 2 MCPN (Médiation Culturelle, Patrimoine et Numérique) co-habilité entre l’université Paris Nanterre et l’université Paris 8 Vincennes Saint-Denis. 

Épisode 2 - L'usage 

Avec : Ricardo Gonzalez Villaescusa, professeur d’archéologie à l’Université Paris Nanterre Pierre Cosme, professeur à l’université de Rouen Et Melita Poma et Eleni Kyratzi, pour leurs interprétations de l’Ars tactica d’ Arrien

Musiques : Ensemble Calliopée Remerciements : Clara Bernard, conservatrice du patrimoine co-commissaires de l'exposition Face à face, visière d'un cavalier romain. 

 Podcast produit par le musée d'Archéologie nationale, en collaboration avec le SDNC (Service de la Documentation Nationale du Cadastre) et les étudiants du Master 2 MCPN (Médiation Culturelle, Patrimoine et Numérique) co-habilité entre l’université Paris Nanterre et l’université Paris 8 Vincennes Saint-Denis.

viernes, 29 de noviembre de 2013

EL CIRCO, LA ESPINITA, LA LÁPIDA Y EL PGOU

Inscripción de Lucio Escribonio Euphemo
Josep Vicent Lerma
LEVANTE-EMV, 28 de noviembre de 2013

El reestreno de la sala de exposiciones temporales del Centre Arqueològic de L´Almoina con una anunciada exposición arqueológica sobre el Circo romano de Valentia, donde desde hace un lustro se instalaba de prestado por estas fechas una impropia muestra con la burra y el buey de la Asociación de Belenistas, nunca es tarde si la dicha es buena, nos ha servido de acicate para ordenar vetustos recuerdos y amarillentos recortes de prensa sobre este olvidado hipódromo colosal, al que ya dedicamos en su momento algunos artículos de opinión como «¿Qué fue del circo romano de Valencia?» (Levante-EMV, 22-02-2000) y el escatológico «De cuádrigas y lupanares» (Levante-EMV, 23-05-2011). 

Circo virtual, casi repetiríamos metafóricamente como entonces, más que otra cosa de «papel», muy al contrario que el urbanísticamente esponjado de Tarragona o el puesto en valor anfiteatro de Arelate (Arlés, Francia), invisible para los valencianos contemporáneos y del que el arqueólogo Albert Ribera ofreció las claves ocultas de su fragmentaria interpretación muraria y ubicación exacta bajo nuestras calles, cuyo eje mayor de más de 350 metros se habría fosilizado en la histórica del Trinquet de Cavallers, en el ensayo «The discovery of a monumental circus at Valentia», publicado el pasado siglo XX en la revista «Journal of Roman Archaeology» (1999).

Pesquisas abnegadas de este investigador llevadas adelante entonces contra viento y marea, en ocasiones valientemente incluso frente a la manifiesta incomprensión de algún sector de la prensa vernácula, que dio pábulo a ciertos intentos denigratorios y de escarnio público, como los contenidos en el escrito de 1994 de J. Aparicio titulado «¿Es como una espinita?» , en el que entre otras lindezas se espetaba que «arqueólogos con menos fantasía» (sic), habían cuestionado dichos descubrimientos, interpretando en realidad tales muros como un mero almacén de grano («horreum»).

Hasta el punto que el descubridor de todo un inédito circo romano, omitido hasta entonces por los anales de la Historia, se vio en la tesitura de salir al paso de dichas críticas públicas con la memorable réplica periodística «El circo, el plumilla, la piedra y la vidente» (Levante-EMV, 28-11-1994), arriba parafraseada en tributario homenaje literario.

Con todo, lo cierto y verdad es que de este preciso ámbito urbano del barrio de la Seu-Xerea, comprendido entre la trasera del Colegio del Patriarca y el edificio de Comisiones Obreras en la plaza de Nápoles y Sicilia, remodelada por el docto arquitecto Román Jiménez, procede sintomáticamente a favor de las tesis de Ribera, el pedestal votivo donado por Marco Marcio Celsio del museo de Bellas Artes, cuya estatua de Hércules se encontraría sin duda en el interior de uno de los templetes o edículos dedicados a divinidades atléticas, que coronaban en Roma y sus provincias estos grandes equipamientos deportivos consagrados también a las competiciones hípicas de carros (cuádrigas), conducidos por aurigas de distintos colores.

Además de la inscripción honorífica dedicada al emperador Tito «conservator pacis Augustae», preservada en la iglesia de Santo Tomás o la del sevir augustal Lucio Escribonio Euphemo, empotrada en la fachada del número 1 de la repetida calle Trinquet de Cavallers, en la actualidad bastante maltrecha por pegotes de cemento gris, en un claro ejemplo de incuria colectiva

Por todo lo cual y a modo de corolario de este revival del mayor edificio levantado nunca por los antiguos romanos en la «notissima» colonia Valentia, no podemos terminar estas breves líneas sin reseñar lo paradójico que a nuestro común entender resulta la falta de protección patrimonial individual todavía de este descomunal monumento, digno de protagonizar la última novela (Circo Máximo) de Santiago Posteguillo, bajo el paraguas de una incoación como Bien de Interés Cultural (BIC), cuando otras construcciones no menos intangibles como el recinto de la muralla romana (BIC 01.01.02bis), ya disfrutan de esta merecida tutela en el Catálogo de Bienes Estructurales del revisado Plan General de Ordenación Urbana de Valencia.

miércoles, 30 de mayo de 2012

LA EXHIBICIÓN DE SERES HUMANOS EN LOS MUSEOS


En Sucre dos tejedoras tejen en el patio de un museo, como testimonio cultural. A partir de allí esta nota recorre una polémica aún no agotada. 

Marcelo Pissarro, Ñ revista de Cultura, 29 de mayo de 2012 

El letrero advierte que está prohibido tomarles fotografías. Objetos, salas, personas, nada puede ser fotografiado. La muchacha está sentada en el patio del museo, en Sucre, Estado Plurinacional de Bolivia. Dormita con la cabeza apoyada sobre su telar. Metonímicamente, la muchacha representa una “cultura superviviente”, una “tradición” más “genuina” y más “pura” que fue “rescatada” de los embates de la “civilización”, de “la modernidad”, de “Occidente”, por etnógrafos, organismos estatales y promotores turísticos. Esta cultura superviviente difiere de la cultura de aquellos que han sentado allí a la muchacha: la cultura de los antropólogos que dirigen el museo, la cultura de los visitantes que abonan su ticket de ingreso para observar esas culturas supervivientes.

En las salas los artefactos se amontonan en vitrinas y en estantes; en el sótano se exhiben momias y otros cadáveres que prueban que la continuidad cultural, restringida por la concordancia espacial, garantiza que el pasado y el presente converjan en un punto donde las distancias se asumen como evidencia de autenticidad.

Junto a la muchacha que dormita, en el patio, con la cabeza apoyada sobre su telar, está sentada otra muchacha frente al suyo propio. Según los desvíos metonímicos y las clausuras semióticas, la segunda muchacha representa a una cultura que difiere de la cultura de los patrocinadores y de los visitantes, pero que es también diferente de la cultura de la primera muchacha. Las han colocado allí como pruebas empíricas de la conservación de los saberes y prácticas del pasado andino. Cada mañana llegan desde sus comunidades y tejen a la vista de quienes ya han husmeado los textiles y los cadáveres en exhibición. La principal atracción del museo es una baratija de mercado llamada “cultura”.

Apenas pasa del mediodía, nadie más está en el patio. La segunda muchacha teje. Hay algo nervioso en sus movimientos, ese frío que uno siente cuando está atareado y sabe que alguien más mira por sobre su hombro. Está siendo escrutada, escudriñada no como individuo, no como sujeto con una existencia particular, sino como componente de una colectividad, de una abstracción identitaria, de un “ellos” difuso y circunscripto. Pasan los minutos, empieza a relajarse, se acostumbra, se aburre, se cansa. Deja sus utensilios a un lado y se apoya sobre el telar.

Reconozco la posición de su cuerpo. Apenas brota la tarde, ese momento en que los mercados bolivianos disminuyen la intensidad de sus intercambios de bienes y símbolos, en que los puesteros abrazan sus productos como si de un colchón se tratase, cierran los ojos y dormitan. La muchacha trazó ese movimiento: se apoyó sobre su telar, como si lo abrazara, y cerró los ojos. Ahora descansa. Estamos solos, los tres, en el patio.

Las observo a poca distancia, sentado en un banco, justo a espaldas de la muchacha que acaba de dormirse. Vuelvo a notar los insistentes letreros que plagan el museo: “Prohibido tomar fotografías”. Pero el cuadro es demasiado bueno. Saco mi cámara y les tomo una fotografía. Luego otra. Y otra más. Podría preguntarme por la ética, pero no me parece interesante; prefiero preguntarme a qué llamado histórico obedece la necesidad de fotografiarlas.

Entonces la segunda muchacha, la que acaba de recostarse sobre el telar, la que está justo frente a mí, levanta la cabeza y se voltea. Bajo la cámara fotográfica. La mirada de la muchacha sigue dos inclinaciones, como si fuesen dos actos armoniosos y ensayados. Primero me observa, con fijeza, sin ningún dejo de emoción ni de interés; luego desvía la mirada levemente por sobre mi hombro, como si observara a alguien más. No volteo, allí no hay nadie, ¿o lo hay? Por fin, vuelve a su telar y me da la espalda. Le tomo una última fotografía. El resultado es malo, pero dice mucho sobre ese llamado histórico, sobre esa necesidad de fotografiarlas.

Cosas sagradas 

Ota Benga. (1906), exhibido en el zoo del Bronx.
Toda la tensión que provoca la expresión muda de esa muchacha está contenida en una fotografía tomada en 1906 a un pigmeo congolés de la etnia mbuti, un cazador recolector originario del Rio Kasai, un Twa. El pigmeo se llamaba Ota Benga y ese año fue exhibido en una jaula del Zoológico del Bronx, en Nueva York, acompañado de monos y otros animales. En esa fotografía, Ota Benga (nacido en 1884 en el Congo belga, su mujer y sus hijos –considerados “nativos en estado inferior de evolución”– asesinados y desmembrados por la Fuerza Pública del Rey Leopoldo II, capturado y cedido en trueque en el mercado de esclavos, expuesto en ferias mundiales estadounidenses como “eslabón perdido”, finalmente convertido en mano de obra asalariada y empujado al suicidio: disparo en el pecho a los 32 años) está de pie junto a un árbol, mirando a cámara; en el brazo derecho sostiene un chimpancé. Sólo se hicieron cinco imágenes promocionales, pues, al igual que una centuria más tarde, estaba prohibido tomar fotografías. El gesto de su rostro es inexpugnable, aunque un siglo después, como consumidor de baratijas, como partícipe directo de algo llamado modernidad, uno sienta un sudor frío en la nuca y se obligue a desviar la mirada.

El registro etnográfico está repleto de estas miradas, aún cuando los ojos tengan las cuencas vacías. Estas fotografías han sido tomadas en “zoológicos humanos” y “exposiciones etnográficas” enmarcadas en ferias de los siglos XIX y XX. La corrección política colonial asumía la presentación de la otredad, de la diferencia, como componente de un paradigma constituido alrededor de la raza, de la distinción biológica, del adelanto y del atraso evolutivo. Las personas pagaban su entrada, hacían cola, se amontonaban para ver a esas razas diferentes. Tampoco podían tomarles fotografías, ni alimentarlos. En una exposición de Bruselas, en 1897, cuando los africanos acabaron indigestados por la comida que los visitantes les arrojaban, las autoridades colocaron un letrero: “Los negros son alimentados por el comité organizador”. En el museo de Sucre no había letreros, pero las indias andinas también son alimentadas por el comité organizador.

Niño de Llullaillaco. Museo de Alta Montaña de Salta
Las cuencas vacías –ahora mirá los ojos muertos de los Niños del Llullaillaco en el refrigerador del Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta– tienen un marco legal más estudiado. El Código de Deontología Profesional del Consejo Internacional de Museos establece cómo deben tratarse los “objetos dedicados”: restos humanos y cosas sagradas. “Deben presentarse con sumo tacto y respetando los sentimientos de dignidad humana de todos los pueblos”, dice. Pero allí no se explicita cómo debe presentarse ese “objeto dedicado” constituido por personas vivas en exhibición, como las muchachas del museo de Sucre, en nombre de un artefacto llamado “cultura”, o como Ota Benga en el zoológico de Nueva York, en nombre de un artefacto llamado “raza”.

El llamado histórico se disuelve en la clandestinidad de los actos cotidianos. Nadie está por fuera de su época y por eso, mientras uno se horroriza ante el relato de Ota Benga, abona su entrada para observar cómo las muchachas andinas tejen en el patio del museo. Su exhibición está tan naturalizada que la correspondencia histórica entre raza y cultura se desvanece, cede ante la exigencia del gesto cínico que desnaturalice el vínculo. Raza o cultura, da igual. Todo fue hecho con amor.

sábado, 21 de enero de 2012

FRANCIA RESTITUYE A NUEVA ZELANDA LAS CABEZAS MOMIFICADAS DE GUERREROS MAORÍES

Guerrero Maorí 1784. UNESCO
El ministro de Cultura, Frédéric Miterrand, devolverá oficialmente a Nueva Zelanda las 16 cabezas de guerreros maoríes que se encontraban dispersas en diversos museos franceses. El acto de restitución a las autoridades neozelandesas se realizará en el transcurso de una ceremonia el próximo lunes en el museo Quai Branly

La restitución se realiza a instancias de la solicitud del museo Papa Tongarewa de Nueva Zelanda, a pesar de que la legislación francesa no contempla este tipo de restituciones. Para ello en mayo de 2011 la Asamblea Nacional adoptó por unanimidad una proposición de ley que restituía dichas cabezas a Nueva Zelanda, lo que ha valido el reconocimiento de la UNESCO, tal y como hemos venido defendiendo en este blog: Sepulcros de cristal y Reis tombes i savis

Las cabezas pertenecían a guerreros cuyos cuerpos eran decorados con tatuajes a lo largo de sus vidas y en función de sus logros en sufridos rituales con la ayuda de psicotrópicos y músicas que les ayudaban a sobrellevar el trance. Sus enemigos las conservaban a modo de triunfos cuando los eliminaban, de forma similar a como hemos visto recientemente que hacian sus homónimos galos en Sobre ritos, hombres y territorios

Cabeza Maorí. © Delphine Zigoni Muséum de Rouen
Con la llegada de los europeos y la necesidad de imponerse a sus enemigos algunos de estos preciados bienes fueron intercambiados por armas de fuego. El aumento de la demanda de armas de fuego y de cabezas desestabilizó el macabro "mercado" y algunos se impacientaron, eliminando a sus enemigos antes de entrar en combate y dispersando un buen número de estas cabezas por toda Europa, como explica Gilles Boeuf, director del Museo Nacional de Historia natural en una entrevista a la radio pública France Info.


Con ocasión de este acto, el museo realiza una serie de actividades relacionadas directa o indirectamente con la exposición de restos humanos en los museos. Una exposición "Sus tesoros tienen alma", el coloquio que tiene lugar hoy mismo "Autour de la restituion des têtes Maori" cuyo programa gira en torno a aspectos de la cultura maorí, la investigación biológica, genética, biométrica o de antropología forense, en relación con los aportes científicos y éticos de estas prácticas y el acontecimiento científico organizado en torno a su devolución; o, el interesante coloquio internacional que se desarrolla entre el 24 y el 25 de enero "Autour des zoos humains".

Entrevista a Gilles Boeuf en France Info (francés).

miércoles, 11 de enero de 2012

INDIANA JONES EN LA CIUDAD DEL SANTO GRIAL

Ricardo González Villaescusa
Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, domingo 8 de enero de 2012

El mediático desembarco europeo en la Ciudad de las Ciencias de Valencia de la exposición “Indiana Jones y la aventura de la arqueología”, producto de la factoría Lucasfilm Ltd. y National Geographic, procedente del otro lado del Atlántico, al igual que otros espectáculos como el famoso Cirque du Soleil, nos ha parecido una oportuna ocasión para una primera reflexión sobre los publicitados objetivos pedagógicos de la misma, construida en torno a una saga cinematográfica de éxito que, justo es reconocerlo, en los últimos 30 años, no ha dejado de suscitar nuevas vocaciones arqueológicas y ha generado en estas mismas páginas celebrados titulares como "Indiana Broch y la tumba maldita" (Levante-EMV, 30-12-93) o "El almacén de Indiana Jones" (Levante-EMV, 17-09-11). 

Vaya por delante que nada hay que objetar en contra del principio de que se puede enseñar deleitando. Tampoco está de más, insistir en que, habiendo disfrutado de la muestra uno de nosotros, acompañado de sobrinos, ésta resulta sin duda un oportuno y divertido complemento estacional de circos, ferias y otras diversiones navideñas al uso. Sin embargo, se puede colegir razonablemente, que el principal objetivo confeso por Manuel Toharia de divulgación de la arqueología como disciplina académica, so pretexto del personaje encarnado por Harrison Ford permanece en esencia frustrado.

En este sentido, el principal error de la instalación expositiva, presentada con grandes medios técnicos en el buque insignia del complejo temático de la CAC, proviene en nuestra opinión de un discurso poco comprometido con la realidad arqueológica, cuando no ambiguo, lastrado con demasiada quincalla ideológica, en el que algunos conceptos son difícilmente discernibles para los no iniciados.

Un ejemplo servirá de botón de muestra. En el montaje escenográfico se afirma sin medias tintas que las tesis de Erich von Däniken, sobre intervenciones de origen extraterrestre en la construcción de los geoglifos peruanos, son poco menos que inverosímiles. Pero si en realidad el curator de la "Aventura de la Arqueología" sostiene sinceramente esta tesis, ¿a cuento de qué viene dedicar todo un pabellón a las pistas de Nazca? Especialmente, si se tiene en cuenta que una de las vitrinas se exhibe el esqueleto de cristal de un “extraterrestre”, que sirvió para la cuarta entrega de la serie “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”, donde precisamente se daba pábulo a una pseudo-arqueología de inspiración alienígena.

En otro orden de cosas, mayor enjundia en cuanto idea-fuerza abrazada por los creadores del evento, parece tener el de una arqueología completamente entregada a la corriente del historicismo, que no es precisamente la más actual. Se trata de una tendencia que en el campo arqueológico incorporó el difusionismo antropológico de F. Boas y que dominó el panorama académico de la arqueología americana hasta los años 60. Esto es, una escuela positivista que no se planteaba demasiados problemas metodológicos sino que confiaba el avance de su disciplina a la acumulación y compilación de conocimientos del pasado de una determinada región y cuyo objetivo último consistía en crear seriaciones cronológicas e históricas del pasado a través del estudio de las clases sociales altas y de sus manifestaciones arquitectónicas. Una práctica que la reducía a una ciencia auxiliar de la Historia, sin discurso autónomo, del acontecimiento, casi una anticuaria artística y estetizante… Una arqueología, en definitiva, del National Geographic, en la que el arquetipo humano de Henry Walton Jones Jr., no es otro que Alfred V. Kidder (1885-1963) y, en la ficción, el actor Humphrey Bogart en "El tesoro de Sierra Madre" en el papel de Fred C. Dobbs (1948).

Para mayor abundamiento, las piezas reales exhibidas corresponden a los expolios de una arqueología de traza "colonial" poco ética. Los grandes escenarios de los films de Indiana Jones lo demuestran: Egipto, Asia central, India, Sudamérica…, sucediéndose como localizaciones de una praxis arqueológica depredadora de objetos preciosos en países dependientes. La arqueología nazi, o el inevitable arqueólogo provisto de pistola o látigo redundan en esta mirada. Colonialismo rancio al que no es ajena la visión corta y estereotipada que de la arqueología valenciana parece tener o consentir el comisario de la exposición Fredrik Hiebert, de quien la página oficial de la institución a la que pertenece dice significativamente “Volvió a descubrir el oro bactriano perdido en Afganistán en arqueología 2004 y fue el comisario de la exposición del National Geographic en Afganistán: Tesoros ocultos del Museo Nacional de Kabul, que recorrió los principales museos internacionales y de los Estados Unidos”.

Tan parca y menguada noción de las tierras valencianas, que no puede pasarse por alto la sal gruesa de que F. Hiebert, parece ignorar olímpicamente, sin la más mínima mención o justificación, la existencia del Santo Cáliz en la catedral de Valencia, cuya antigüedad –que no necesariamente autenticidad- acreditaron los trabajos del arqueólogo Antonio Beltrán, el “Ier Congreso Internacional del Santo Cáliz: la ciudad del Santo Grial”, celebrado en Valencia entre los 7 y 9 de noviembre de 2008, primó frente a sus competidores como el “Sacro Catino” de Génova y al que la propia National Geographic ha dedicado precisamente uno de sus primeros capítulos de la serie “Expedientes misterio de la antigüedad”.

lunes, 25 de enero de 2010

SEPULCROS DE CRISTAL


Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 16 de junio de 2009

La instalación hace algo más de un año en el Centre Arqueològic de l´Almoina, mención especial de los premios EMYA 2009 (Levante-EMV,12-05-09), de los irredentos huesos calcinados de un soldado sertoriano torturado, presentados entre penumbras un punto teatrales, se encuentra en el origen de algunas reflexiones profesionales de orden deontológico compartidas a lo largo de estos últimos años, que ahora se pretende ordenar, en la medida de lo posible, sobre los criterios sistémicos de los museos, en tanto en cuanto instituciones culturales, sobre la exposición pública de restos humanos.

En este sentido debe recordarse como las asociaciones profesionales de museos comenzaron a incorporar desde segunda mitad del siglo XX en sus estándares éticos a los restos antropológicos como “materiales sensibles”, merecedores de un tratamiento escrupulosamente respetuoso, a tenor del principio refrendado por el Código de Ética Profesional del International Council of Museums (ICOM) de 1986 en su capítulo III, punto 6, titulado “Responsabilidades profesionales respecto de las colecciones”, según el contenido sintético del cual: “Las investigaciones sobre dichos objetos, su instalación y conservación, deberán realizarse de forma aceptable, no sólo para los colegas de la profesión, sino también para todos aquellos que profesen una creencia, en particular los miembros de grupos religiosos interesados….. Además, el museo tendrá que responder con diligencia, respeto y sensibilidad a las peticiones de que se retiren de la exposición al público restos humanos”.

Todo lo cual en esencia es substancialmente válido entre aquellas confesiones religiosas que como el judaísmo hayan perdurado hasta hoy, si bien hasta el momento, no ha parecido inaceptable para nadie la mórbida presentación en numerosas muestras museísticas de las atormentadas improntas de cuerpos de los antiguos ciudadanos pompeyanos, plausibles correligionarios de extintos cultos esotéricos como los de Mitra, Isis o los de Cibeles y su paredro Atys, sepultados por las cenizas volcánicas.

Línea argumental asumida igualmente por la reciente “Declaración de Barcelona” sobre los antiguos cementerios judíos y en cuyo punto 4 se estipula: “El tratamiento de los restos aparecidos en necrópolis, cementerios o bien en tumbas individuales de carácter histórico, sea cual sea su tipología, antigüedad y adscripción cultural o religiosa, ha de hacerse con el máximo cuidado, garantías científicas y respeto al hecho de que se trata de restos humanos”.

Así, pueden traerse a colación ahora desde el propio ámbito cultural cristiano, dos casos concurrentes, aunque separados en el tiempo, como el de la reciente exposición “Jaume I. Memoria y Mito Histórico”, comisariada por los afamados historiadores del arte Felipe Garín y Joan Gavara, por cuyas salas del Centre del Carme desfilaron poco más de 8.000 personas (Levante-EMV, 19-01-2009), una de cuyas piezas artísticas, la singular caja funeraria gótica de madera pintada con las armas del obispo de Valencia Andreu de Albalat (1248-1276), consignaba de un modo contrariamente inusual en su cartela explicativa “Por respeto y decoro sus restos mortales se custodian en la Catedral de Valencia mientras tiene lugar esta exposición” o el de la tumba cubierta con una losa de vidrio del también obispo Justiniano, en la rehabilitada iglesia del siglo VI d.C. de la Cripta Arqueológica de San Vicente, materia en su día de las desatendidas objeciones religiosas de José Verdeguer, entonces director del semanario informativo de la Archidiócesis de Valencia a través de su comentario “Los huesos quebrantados del Obispo” (Iglesia en Valencia, 17-05-1998), en la que denunciaba “cierto aire morboso” de recurso escenográfico puesto en juego, manifestando textualmente “No es ésta la forma de tratar los restos de los antepasados, como si fuesen un objeto arqueológico sin más, o –lo mismo da- de atracción. Numerosas personas consultadas han estado de acuerdo: los huesos quebrantados deben reposar en paz en un sepulcro. Razones muy serias de respeto y fidelidad lo exigen” (sic).

Por más que la Iglesia Católica cuente con una dilatada tradición de ostentación visual de cadáveres santos en arcas cristalinas, como la del Papa Celestino V, ahora rescatada prodigiosamente intacta bajo los escombros en l´Aquila (Italia). Tradición funeraria occidental de la que por cierto no escapa ni la embalsada momia del propio Lenin, ubicada desde 1924 en su mausoleo de la Plaza Roja de Moscú.

Casuística que en última instancia no ha sido óbice para abonar una cierta perplejidad intelectual, salpicada de buenas dosis de relativismo cultural, ante la amplia aceptación social por el contrario y el clamoroso éxito internacional de visitantes –más de tres millones- de inauditos eventos científico-artísticos contemporáneos como “Bodies”, en el que se exhiben sin pudor cadáveres humanos reales, procedentes de China, sometidos a procesos de conservación poliméricos o la impactante muestra en curso del Egipci de Barcelona “Esquelets malalts”, que incluye la mítica momia aimara, proveniente de una de las “chulpas” de Tiahuanaco, de nuestro antiguo museo Paleontológico, traída a Valencia por Rodrigo Botet. Herederos plastificados aquellos de los “auto-iconos” del filósofo utilitarista Jeremy Bentham (1748-1832), cuyo esqueleto vestido se conserva en un armario de madera en el University College de Londres. Mortui viventes docent.Q.E.D.

domingo, 24 de enero de 2010

RODIN YA NO ES LO QUE ERA

Josep Vicent Lerma

Levante-EMV, 6 de diciembre de 2009


Las especulaciones un lustro atrás sobre la repetición clónica de los fútiles bibelots del artista valenciano M. Valdés en el artículo de opinión “La Reina Mariana, Pessoa y el esclavo” (Levante-EMV, 23-12-2004) y el concepto de “obra única”, fijado desde el siglo XIX en un máximo de ocho copias como un instrumento para obstaculizar reproducciones industriales no autorizadas o falsificaciones, podrían estar ahora especialmente en boga con motivo de la iniciativa de arte en la calle “Auguste Rodin en Valencia” en la totémica Plaza del Ayuntamiento, comisariada no sabemos bien si por Hélène Marraud o por Noëlle Chabert del Musée Rodin de París. Dando puntual cumplimiento espacial a la definición de Arte de Nicolas Bourriaud como “presencia compartida” de objetos y espectadores. Por más que la pretendida modernidad rodiniana de mostrar magnas efigies al aire libre, parece olvidar el fecundo precedente de la estatuaria pública de la Roma antigua, que ornaba los foros de todas sus urbes.

Y ello sería así, precisamente sobre la base de que la figura singular de Eustache de Saint Pierre, perteneciente al trágico grupo escultórico “Los Burgueses de Calais”, que parece desbandarse en la explanada comunal dando la espalda a su contemporáneo Francesc de Vinatea (M. Rodríguez, 1993), deja ver semioculta en su base broncínea la inscripción grabada “Copyright BY MUSEE RODIN 1989”, precedido del sello en relieve FC propio del fundidor Coubertin.


Por lo que a pesar de la aparente confusión aportada por la fecha de 1887 consignada en la cartela informativa de esta figura monumental y los paradójicos más de setenta años transcurridos desde la muerte de su autor en Meudon (Francia, 1917), con arreglo a las internacionalmente difundidas disposiciones legislativas galas de 1957 en materia escultórica, no cabe otra consideración formal respecto a esta extemporánea copia rotulada como “Nº 8/8” que la de una moderna réplica o copia auténtica, si bien igualmente puede colegirse de un modo lapidario, que este Rodin (inv. S. 6141) no es una “prueba de autor”.

En este sentido y a modo de corolario, no podemos terminar estas disquisiciones sin al menos reseñar cómo la proliferación de experiencias expositivas mundiales próximas al arte-espectáculo, podría de algún modo contribuir a mermar aún más la capacidad crítica de los ciudadanos usuarios del arte público, deviniendo éstos en meros consumidores de iconos visuales mediáticos.

Menoscabo también del espectador de museos del que no escapan siquiera notables letraheridos como el propio escritor Enric Sòria, que en una reciente entrega de sus “Cartes de prop”, acabó por ser víctima inocente de un engaño sensorial, al creer erróneamente encontrarse ante la verdadera tabla flamenca del Juicio Final de Vrancke van der Stockt, en una de las vitrinas del Museu d´Història de València, cuando en realidad de lo que se trataba era pura y llanamente de una artificial copia fotográfica en color de tamaño natural.